No hay más colores que los que se reparten en lo que conocemos como naturaleza. Está plagada de ellos, desde los más oscuros y apagados hasta los más brillantes. Quizá todos o una inmensa mayoría de ellos se puedan ver en la que se conoce como la Senda de los Mil Colores, una de las rutas de senderismo más bonitas de toda España que se ubica en plena Sierra de Francia salmantina.
Esta impresionante sierra tiene una parte en Salamanca y otra en Cáceres, pero la ruta que conecta los municipios de Cepeda y Madroñal a través del Parque Natural de Las Batuecas es parte de la provincia castellana. Se trata de un sendero circular considerado de los más impresionantes del país por sus paisajes multicolores y sus pueblos llenos de historia.
El encanto de estar en el interior de un cuadro
La magia se transmite por el color, el azul de los arroyos, el marrón de las casas de madera, el ocre de las tierras de labranza, el blanco de las flores del cerezo, el negro de las plumas de la cigüeña... Recorre en torno a diez kilómetros de pura belleza natural y tradicional, por pista forestal y agrícola. Su dificultad no es elevada, puede completarse en unas cuatro horas y está indicada para todos los públicos.
Cualquier época es buena para completarla, pues en primavera nos toparemos con los cerezos en flor y en invierno con el naranja de las hojas ya caídas en el suelo diciendo adiós al otoño. Podría compararse con un cuadro de Van Gogh o de Monet por la precisión de sus tonalidades, la amalgama de colores que dan nombre a un entorno absolutamente espectacular que no puede dejar a nadie indiferente.
La ruta desde Cepeda
Podemos comenzar por Cepeda o por Madroñal, ya que es una ruta circular y el inicio no importa tanto como el propio camino andado. Cepeda es un pueblo tradicional que no llega a los 300 habitantes, salpicado de construcciones serranas típicas de la zona. El inicio de la ruta se encuentra en uno de los puntos más emblemáticos del pueblo, la fuente románica de la carretera C-512 en dirección hacia Sotoserrano.
Aquí comienza nuestra ruta, que atraviesa el arroyo de San Pedro del Cosco. Las hojas de tonos anaranjados que forman una alfombra en el sendero contrastan con el intenso azul del agua. Lo pintoresco del camino va in crescendo, sumándose el amarillo de los castaños, el marrón de los edificios históricos o el verde de los prados. Después aparece el siguiente pueblo, Madroñal.
Tiene el cerezo como seña de identidad -aunque su nombre provenga del madroño-. Es una zona especialmente bonita en primavera, pero para gustos colores, nunca mejor dicho. Es precisamente en invierno cuando salen los madroños y tiñen de un intenso color rubí las ramas, que quedan decoradas como si de un árbol de Navidad se tratara.