La seguridad europea atraviesa uno de sus momentos más complejos desde el final de la Guerra Fría. Mientras Estados Unidos reorganiza prioridades militares, reduce parte de su presencia convencional en Europa y dirige crecientes recursos hacia Asia, dentro de la OTAN emerge un debate que hace apenas unos años parecía improbable: ampliar el despliegue de capacidades nucleares estadounidenses en más países europeos para reforzar la disuasión frente a Rusia.
Las conversaciones, mantenidas con discreción y reveladas por varias fuentes familiarizadas con el proceso, no implican todavía una decisión definitiva. Sin embargo, el mero hecho de que Washington esté estudiando ampliar su programa de reparto nuclear refleja hasta qué punto la guerra en Ucrania, las amenazas nucleares rusas y la política exterior de Donald Trump están alterando la arquitectura estratégica occidental.
La discusión sobre nuevas capacidades nucleares aparece en paralelo a otra realidad incómoda para muchos gobiernos europeos: Estados Unidos está reconsiderando el tamaño y función de su despliegue militar permanente en el continente.
Las decisiones de la Administración Trump de cancelar algunos despliegues previstos, reducir ciertas capacidades convencionales y priorizar recursos para el Indo-Pacífico han generado preocupación en capitales europeas. Aunque Washington insiste en que no abandonará sus compromisos con la alianza atlántica, muchos gobiernos interpretan que la seguridad europea deberá depender progresivamente menos de soldados estadounidenses desplegados sobre el terreno.
Este cambio explica parte del nuevo enfoque. Si disminuye la presencia convencional, la señal política y estratégica debe reforzarse por otras vías. Y la disuasión nuclear aparece nuevamente como instrumento central. Según reporta el Financial Times, tres fuentes cercanas a las conversaciones señalan precisamente que el objetivo sería demostrar el “compromiso de Estados Unidos” con el paraguas nuclear aliado, incluso mientras exige que Europa asuma mayores cargas militares.
Cómo funciona el reparto nuclear de la OTAN
El programa de reparto nuclear de la OTAN es uno de los mecanismos menos visibles pero más importantes de la alianza. Actualmente, alrededor de un centenar de bombas nucleares estadounidenses B61 permanecen almacenadas en bases europeas bajo control exclusivo de Washington.
El sistema permite que países aliados alberguen armamento nuclear estadounidense y entrenen a sus fuerzas aéreas para operar aeronaves preparadas para misiones nucleares, aunque la decisión final de uso sigue siendo exclusivamente estadounidense.
En la actualidad participan Bélgica, Alemania, Italia, Países Bajos, Turquía y Reino Unido. El debate actual consistiría no tanto en transferir armas nucleares directamente, sino en ampliar el número de países capaces de operar los llamados aviones de doble capacidad o DCA, plataformas aptas para emplear tanto armamento convencional como nuclear.
Los países más cercanos a Rusia son también los más interesados en participar.
Polonia encabeza desde hace tiempo este movimiento. El expresidente Andrzej Duda pidió públicamente incorporar territorio polaco al esquema nuclear aliado y Varsovia ha impulsado una política de rearme acelerado desde la invasión rusa de Ucrania.
Los países bálticos también observan con interés cualquier fórmula que incremente las garantías defensivas. Para estos Estados, la invasión rusa de Ucrania cambió la percepción estratégica: la proximidad geográfica con Rusia ya no es solo un factor de riesgo geopolítico, sino una vulnerabilidad militar tangible.
La posible incorporación de más socios al programa también implicaría inversiones importantes en infraestructura militar, entrenamiento y nuevas plataformas aéreas. Esto implicaría una ampliación requeriría aumentar las flotas de aeronaves compatibles con misiones nucleares, especialmente modelos como los F-35.
Rusia, Ucrania y el regreso de la lógica nuclear
La guerra en Ucrania ha devuelto la lógica de la disuasión nuclear al centro del debate europeo. Las reiteradas referencias del Kremlin a sus capacidades estratégicas, junto con las advertencias periódicas de Vladímir Putin sobre el arsenal ruso, han provocado que países aliados reconsideren mecanismos que durante años parecían reliquias de otra época.
Desde la perspectiva europea, la cuestión ya no es únicamente si Estados Unidos seguirá presente, sino cómo garantizar que cualquier reducción militar convencional no sea interpretada por Moscú como una señal de debilidad.
Un funcionario de la OTAN resumió esa postura señalando que la organización “supervisa continuamente” el entorno de seguridad y adapta su postura cuando resulta necesario. La propia alianza insiste en que los análisis sobre la disuasión nuclear llevan años desarrollándose y no responden exclusivamente a ajustes recientes de Washington.
La ampliación del paraguas nuclear abre, sin embargo, nuevas preguntas estratégicas. Para algunos aliados orientales, aumentar la presencia nuclear estadounidense reforzaría la credibilidad defensiva de la OTAN y compensaría la retirada parcial de tropas convencionales.
Otros temen que despliegues adicionales puedan intensificar aún más la competencia estratégica con Moscú, elevar riesgos de escalada y convertir nuevos territorios europeos en objetivos prioritarios dentro de cualquier escenario de crisis.
Lo que parece claro es que Europa entra en una nueva fase de su debate sobre seguridad. Durante décadas, la presencia masiva de tropas estadounidenses permitió mantener relativamente estable el equilibrio estratégico. Ahora, con Washington redistribuyendo prioridades globales y Rusia consolidando una política exterior más agresiva, la discusión ya no gira únicamente sobre cuánto debe gastar Europa en defensa, sino sobre qué tipo de disuasión quiere construir para las próximas décadas. @mundiario