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Un siglo de energía acumulada: por qué el doblete sísmico azotó con fuerza a Venezuela

Diego Tudares
26/06/2026 03:26:00

La tragedia que sacudió a Venezuela no solo ha dejado centenares de víctimas, miles de damnificados y enormes daños materiales. También ha puesto bajo los focos un fenómeno geológico poco frecuente y especialmente destructivo: un doblete sísmico. La combinación de dos terremotos de gran magnitud, ocurridos con apenas segundos de diferencia y a muy poca profundidad, ha llevado a los expertos a describir el episodio como una liberación excepcional de energía acumulada durante décadas, e incluso más de un siglo, en una de las zonas tectónicas más activas de América del Sur.

La característica más llamativa de lo ocurrido en Venezuela es que no se trató del patrón habitual de un gran terremoto seguido de réplicas. Los registros preliminares indican que el primer movimiento alcanzó una magnitud de 7,2 y que apenas 39 segundos después se produjo un segundo sismo de magnitud 7,5.

Ese comportamiento es lo que los sismólogos denominan un doblete sísmico. En lugar de existir un terremoto principal y una serie de movimientos secundarios cada vez menos intensos, se producen dos terremotos de magnitudes similares capaces de generar daños catastróficos por sí mismos.

La diferencia es fundamental. Cuando ocurre un gran terremoto convencional, las estructuras sufren un impacto inicial y posteriormente deben soportar réplicas generalmente más débiles. En un doblete sísmico, el primer movimiento compromete la estabilidad de edificios, puentes e infraestructuras, mientras que el segundo golpea estructuras ya debilitadas, aumentando exponencialmente el riesgo de colapso.

Esa circunstancia explica en parte por qué zonas urbanas densamente pobladas como Caracas, La Guaira, Maracay o sectores de Miranda registraron derrumbes significativos pese a encontrarse a cierta distancia de algunos de los puntos de ruptura.

La profundidad fue casi tan importante como la magnitud

Otro de los factores que explican la violencia del fenómeno fue la escasa profundidad de los terremotos. Los datos preliminares sitúan la ruptura entre los 10 y los 20 kilómetros bajo la superficie, dentro de la categoría de sismos superficiales. Aunque la cifra pueda parecer elevada, desde el punto de vista geológico se considera una profundidad muy reducida.

Cuando un terremoto se produce a cientos de kilómetros de profundidad, las ondas sísmicas deben atravesar grandes masas rocosas antes de alcanzar la superficie, por lo que pierden parte de su energía en el trayecto. En cambio, cuando la ruptura ocurre a apenas una decena de kilómetros bajo tierra, las ondas llegan prácticamente intactas a las zonas habitadas.

Por eso un terremoto de magnitud similar puede tener consecuencias muy distintas dependiendo de la profundidad. En el caso venezolano, la combinación de magnitudes superiores a 7 y una ruptura extremadamente superficial creó las condiciones para que el impacto fuese especialmente severo.

La explicación última del desastre se encuentra bajo el norte de Venezuela, donde convergen dos grandes estructuras geológicas: la placa Sudamericana y la placa del Caribe.

A diferencia de otras zonas del planeta donde las placas chocan frontalmente, en esta región predominan movimientos laterales. Durante millones de años ambas placas han estado desplazándose lentamente una respecto a la otra, acumulando enormes tensiones en sistemas de fallas activas como Boconó, San Sebastián, Oca y El Pilar.

El movimiento es imperceptible para la población. Se mide en milímetros al año. Sin embargo, esa lentitud es precisamente la que permite que las tensiones se acumulen progresivamente durante décadas. Las rocas que forman estas fallas actúan como un gigantesco muelle comprimido. Durante largos periodos soportan enormes esfuerzos sin romperse. Pero llega un momento en que la resistencia del material se agota y toda la energía almacenada se libera de forma abrupta.

Ese instante es el terremoto.

 

La teoría de la energía acumulada durante más de un siglo

Una de las expresiones que más se ha repetido tras el desastre es que el terremoto liberó una energía acumulada durante más de cien años. La afirmación no significa que los científicos hayan identificado exactamente un reloj geológico de un siglo. Lo que indica es que determinados segmentos de las fallas implicadas llevaban largos periodos sin protagonizar rupturas comparables.

Los especialistas hablan de “silencio sísmico” para describir esas etapas en las que una falla permanece bloqueada mientras continúa acumulando tensión.

Año tras año, la presión aumenta debido al movimiento constante de las placas. Como la roca no consigue deslizarse libremente, la deformación queda almacenada en el subsuelo. Cuando finalmente la resistencia del sistema se rompe, toda esa energía retenida durante generaciones se libera en cuestión de segundos.

Desde esa perspectiva, el terremoto venezolano no fue únicamente un fenómeno instantáneo. Forma parte de un proceso tectónico que llevaba desarrollándose silenciosamente durante más de un siglo.

Los análisis preliminares apuntan a que el primer terremoto no alivió completamente la tensión acumulada. Al contrario, la ruptura inicial habría transferido esfuerzos a un segmento adyacente de la falla. Ese incremento repentino de presión pudo actuar como detonante inmediato de una segunda ruptura todavía más potente.

Es un mecanismo conocido en sismología como transferencia de esfuerzos. La secuencia sería relativamente sencilla de describir: una parte de la falla se rompe, redistribuye la energía acumulada y provoca que otro bloque cercano alcance instantáneamente su punto de ruptura. El resultado es una segunda liberación de energía apenas segundos después de la primera.

Esa concatenación explica la extraordinaria proximidad temporal entre ambos terremotos y constituye uno de los aspectos que más interés científico ha despertado tras la catástrofe. @mundiario

por KaiK.ai