La segunda ola de calor de 2026 ha llegado acompañada del peor escenario posible para los montes españoles: temperaturas superiores a los 40 grados, humedades extremadamente bajas, viento cambiante y tormentas con aparato eléctrico pero escasas precipitaciones. La combinación de estos factores ha disparado el riesgo de incendios hasta niveles “muy altos” y “extremos” en gran parte de la Península y Baleares, lo que ha obligado a desplegar un enorme dispositivo de emergencia en varias comunidades autónomas.
Más allá de los grandes titulares, la situación refleja un fenómeno que preocupa cada vez más a científicos, responsables forestales y servicios de extinción: España parece enfrentarse a campañas de incendios más largas, más tempranas y mucho más difíciles de controlar.
Cataluña concentra buena parte de la preocupación. El incendio declarado entre Carme y La Pobla de Claramunt, en la comarca barcelonesa de Anoia, obligó a activar el confinamiento preventivo de unas 33.000 personas mientras los Bomberos de la Generalitat combatían simultáneamente otros incendios en Sentmenat y Artesa de Segre. La coincidencia de varios fuegos importantes evidencia la enorme presión que soportan los servicios de emergencia durante los episodios de calor extremo.
En Girona continúa siendo especialmente vigilado el gran incendio de La Bisbal d'Empordà, estabilizado pero todavía pendiente del comportamiento del viento. Las llamas han afectado alrededor de 2.200 hectáreas y el operativo sigue centrando sus esfuerzos en evitar posibles reactivaciones dentro de un perímetro especialmente complejo.
En la Comunidad Valenciana, el incendio de Soneja, en Castellón, ha sido estabilizado tras calcinar unas 183 hectáreas, aunque cerca de 500 vecinos permanecen evacuados mientras las autoridades evalúan cuándo podrán regresar con seguridad a sus viviendas.
Andalucía tampoco ha escapado a esta situación. En el parque natural de la Sierra de Grazalema, un incendio forestal obligó al desalojo preventivo de un hotel y varias viviendas próximas al paraje de El Alamillo. Los equipos del Plan Infoca desplegaron un importante dispositivo aéreo y terrestre para contener un fuego favorecido por el calor y las rachas de viento.
Mientras tanto, en León continúa el seguimiento del incendio del valle de Sajambre, en el Parque Nacional de Picos de Europa, donde la compleja orografía dificulta enormemente las labores de extinción pese a la mejora parcial experimentada durante las últimas horas.
El calor multiplica la intensidad de los incendios
La segunda ola de calor explica buena parte del deterioro de la situación, por lo que la Agencia Estatal de Meteorología mantiene activos los avisos por temperaturas que alcanzan o superan los 43 grados en distintas zonas del país. Asimismo, el organismo alerta sobre la llegada de tormentas secas acompañadas de descargas eléctricas y fuertes rachas de viento.
Se trata probablemente de la combinación meteorológica más peligrosa para los incendios forestales. Mientras que las elevadas temperaturas resecan rápidamente la vegetación, la baja humedad facilita la ignición, el viento acelera la propagación de las llamas y los rayos pueden originar nuevos focos en zonas de difícil acceso.
Los especialistas recuerdan que el problema no reside únicamente en el calor diurno. Las denominadas noches tropicales o tórridas impiden que la vegetación recupere humedad, prolongando el estrés hídrico y favoreciendo que los incendios mantengan una elevada intensidad durante la madrugada.
Según los últimos datos del Ministerio para la Transición Ecológica, hasta finales de junio ya habían ardido 43.197 hectáreas en España, más del doble que en el mismo periodo del año anterior, cuando se contabilizaban unas 17.600 hectáreas. Además, el país acumula ya doce grandes incendios forestales —aquellos que superan las 500 hectáreas— frente a los cinco registrados en las mismas fechas de 2025.
Las cifras muestran que la campaña de incendios ha comenzado con una intensidad claramente superior a la del año pasado. Aunque todavía queda la parte más crítica del verano, el comportamiento de julio ya anticipa una temporada especialmente exigente.
¿Por qué los incendios son ahora más difíciles de apagar?
La explicación no depende únicamente de las temperaturas, ya que numerosos expertos llevan años advirtiendo sobre una transformación estructural de los incendios forestales. Debido al abandono rural, la disminución del aprovechamiento forestal y la expansión natural de la vegetación, los bosques acumulan grandes cantidades de biomasa.
Por ello, cuando coinciden este combustible abundante, el calor extremo, el viento y la baja humedad, los incendios desarrollan comportamientos mucho más violentos que hace apenas dos décadas.
La Real Academia de Ingeniería habla incluso de una “nueva era de megaincendios”, caracterizada por fuegos más extensos, más intensos y con una mayor capacidad para superar las líneas tradicionales de defensa. Según este organismo, la intensidad mínima de los incendios en la península Ibérica ha aumentado entre un 30% y un 40% en lo que va de siglo.
Por lo tanto, bomberos autonómicos, brigadas forestales, Guardia Civil, Protección Civil, Unidad Militar de Emergencias (UME), medios aéreos estatales y autonómicos, así como personal sanitario y voluntarios, participan en un esfuerzo coordinado para contener la expansión de las llamas.
En algunos incendios se han desplegado más de una decena de aeronaves y varios centenares de efectivos terrestres, reflejando la enorme complejidad operativa de esta campaña. Paralelamente, las administraciones han recurrido a los confinamientos preventivos, evacuaciones, restricciones de acceso y alertas masivas enviadas directamente a los teléfonos móviles de la población para reducir riesgos y facilitar el trabajo de los equipos de extinción.
Aunque las previsiones apuntan a un ligero descenso de las temperaturas a partir de la segunda mitad de la semana, los meteorólogos advierten de que el riesgo seguirá siendo elevado. @mundiario