Durante trece minutos —el tiempo exacto que separa dos mitades de un partido seguido por más de 130 millones de espectadores— Bad Bunny no solo cantó: ocupó el centro del escenario cultural estadounidense para disputar su significado. El intermedio de la Super Bowl celebrada en Santa Clara (California) fue, en su caso, una declaración de principios envuelta en reguetón, salsa y memoria caribeña. Un espectáculo pensado como homenaje a Puerto Rico, pero también como defensa de una América más amplia que la definida por fronteras, idiomas oficiales o eslóganes patrióticos.
El decorado evocaba una postal popular de la isla: azoteas del Viejo San Juan, una barbería de barrio, una licorería sin pretensiones, una “casita” reconocible para cualquier puertorriqueño. Sobre ese paisaje simbólico, Benito Antonio Ocasio Martínez apareció vestido de blanco, con un balón de fútbol americano en las manos, dispuesto a apropiarse —literal y metafóricamente— de uno de los rituales más sagrados del deporte estadounidense. El mensaje era claro desde el inicio: este espacio también es nuestro.
La actuación avanzó como un recorrido por su universo musical, desde éxitos globales hasta guiños al reguetón de los orígenes. Las pantallas repetían “PERREO” mientras sonaban temas como Tití me preguntó o Yo perreo sola, en un estadio donde buena parte del público, mayoritariamente blanco, asistía con una mezcla de curiosidad y distancia. Bad Bunny, lejos de moderar el tono, redobló la apuesta: todo el espectáculo se desarrolló en español, sin concesiones, convirtiendo la lengua en un acto de afirmación política.
Uno de los momentos más celebrados llegó con la aparición de Lady Gaga, que reinterpretó Die with a Smile en clave salsera junto al conjunto puertorriqueño Los Sobrinos, antes de fundirse con el anfitrión en Baile inolvidable. Ricky Martin se sumó después como gesto de continuidad histórica: el reconocimiento explícito a quienes abrieron camino en el mercado estadounidense para los artistas latinos. Hubo incluso espacio para un medley de reguetón clásico, con Gasolina de Daddy Yankee como guiño a la genealogía del género.
El cierre fue tan simbólico como el inicio. Rodeado de bailarines que portaban banderas de todo el continente americano —cuyos nombres el propio Bad Bunny fue recitando— el artista se reservó la de Puerto Rico. Con su tema DtMF de fondo, lanzó un “Seguimos aquí” y culminó la escena con un touchdown, apropiándose del lenguaje deportivo para reforzar su mensaje de pertenencia. América, parecía decir, no termina en Estados Unidos ni empieza en inglés.
Más allá del espectáculo, la actuación adquirió un peso político inevitable. En un país donde el presidente ha proclamado el inglés como lengua oficial y ha prometido la mayor deportación de inmigrantes de la historia reciente, Bad Bunny utilizó el mayor escaparate televisivo del año para normalizar el bilingüismo, la mezcla cultural y la presencia latina. No es inmigrante, sino ciudadano estadounidense, pero encarna una identidad que incomoda a la visión monolingüe y homogénea que gana espacio en determinados sectores del país.
La reacción de Donald Trump no se hizo esperar. Desde su red social, calificó el show de afrenta a la “grandeza” estadounidense, criticó el uso del español y tachó el baile de inapropiado. La respuesta presidencial confirmó, paradójicamente, el alcance del gesto: el espectáculo no solo fue visto, sino percibido como una provocación directa al relato oficialista. Mientras tanto, grupos conservadores promovían un “intermedio alternativo” con artistas afines al universo MAGA, subrayando la fractura cultural que atraviesa el país.
Para millones de puertorriqueños —ciudadanos estadounidenses con una larga historia de colonialismo, crisis económicas y abandono institucional— la presencia de Bad Bunny en ese escenario tuvo un significado adicional. No era solo un éxito individual, sino la visibilidad de una comunidad acostumbrada a ser tratada como periférica. La estética del show, marcada por lo cotidiano y lo popular, remitía a esa experiencia colectiva de resistencia y supervivencia.
No fue la primera vez que la Super Bowl se convirtió en escenario de tensión política. Hace una década, en ese mismo campo, Colin Kaepernick se arrodilló durante el himno para denunciar el racismo, inaugurando una de las polémicas más duraderas del deporte estadounidense. La NFL, tradicionalmente cauta ante la política, volvió a situarse en el centro del debate al confiar el espectáculo a un artista abiertamente combativo y consciente de su papel simbólico.
Bad Bunny ya había anticipado el choque cultural días antes, cuando bromeó en Saturday Night Live con que aún había tiempo para aprender español. Lo ocurrido en Santa Clara fue la materialización de esa advertencia: un recordatorio de que la cultura latina no es una nota al pie, sino una fuerza central en la América contemporánea. Entre banderas, ritmos caribeños y un estadio convertido en plaza pública, el descanso de la Super Bowl dejó de ser un mero paréntesis deportivo para convertirse en un manifiesto. Y, para muchos, en un acto de resistencia bailada. @mundiario