El PSOE volvió a sufrir una noche electoral amarga en la comunidad que durante casi cuatro décadas fue su principal fortaleza política. María Jesús Montero, elegida hace poco más de un año como gran apuesta de Ferraz para reconstruir el partido en Andalucía, terminó encabezando el peor resultado de la historia del socialismo andaluz: 28 escaños y apenas el 22,7% de los votos.
El dato no solo empeora el ya histórico suelo electoral de 2022, cuando Juan Espadas obtuvo 30 diputados, sino que consolida una tendencia de desgaste que parece haberse convertido en estructural.
La magnitud del golpe resulta especialmente simbólica porque Andalucía fue durante décadas el gran motor territorial del PSOE. Allí cimentó Felipe González su hegemonía nacional, allí se consolidó el aparato institucional socialista y desde allí se construyó buena parte del poder orgánico del partido. Hoy, sin embargo, el mapa político andaluz refleja una realidad radicalmente distinta: el Partido Popular domina el tablero político y el PSOE aparece atrapado en una crisis de identidad, liderazgo y estrategia.
La exvicepresidenta primera y exministra de Hacienda compareció ante los medios admitiendo la derrota sin rodeos: “No son unos buenos resultados”. La candidata socialista reconoció que el partido deberá “tomar nota de lo que han expresado los andaluces” y prometió ejercer una “oposición con rigor, seria y responsable”. La intervención, breve y sin preguntas, evidenció el delicado momento interno que atraviesa la federación socialista.
Aunque el PP de Juanma Moreno perdió la mayoría absoluta, el alivio interno en el PSOE fue apenas parcial. Entre dirigentes regionales socialistas comenzó a circular una frase que resume el estado de ánimo tras el escrutinio: “Hemos salvado los muebles”. El razonamiento es claro: evitar una nueva mayoría absoluta del PP reduce parcialmente el impacto psicológico de la derrota. Sin embargo, los números dejan poco margen para la interpretación optimista.
El PSOE no logró ninguno de sus grandes objetivos electorales salvo impedir el control absoluto del Parlamento andaluz por parte de Moreno. No mejoró el resultado de 2022, no consiguió movilizar masivamente a los votantes socialistas que sí respaldaron a Pedro Sánchez en las generales de 2023 y tampoco logró convertir la campaña sobre la sanidad pública en el “referéndum” político que había planteado durante semanas.
Paradójicamente, el PSOE obtuvo más votos absolutos que hace cuatro años gracias al incremento de la participación, cercana al 65%, pero cayó en porcentaje electoral. La formación sumó alrededor de 50.000 papeletas adicionales, aunque perdió peso relativo y quedó muy lejos del PP, que volvió a superar ampliamente a los socialistas tanto en escaños como en voto popular.
El resultado también cuestiona directamente la estrategia diseñada por el presidente del Gobierno para Andalucía. Montero no era una candidata cualquiera. Había abandonado el Gobierno central y la vicepresidencia para intentar recuperar una comunidad considerada esencial para el futuro electoral socialista. Su designación respondía tanto a la necesidad de evitar nuevas fracturas internas como al intento de Sánchez de reforzar el control territorial del partido mediante figuras de máxima confianza.
Sin embargo, la operación política no funcionó. La candidata nunca consiguió desprenderse de la imagen de representante directa de Ferraz y del Gobierno central. La oposición convirtió constantemente la campaña andaluza en un plebiscito sobre Sánchez y sobre los problemas nacionales del Ejecutivo. El PSOE intentó recentrar el debate en los servicios públicos, especialmente la sanidad, pero el mensaje no terminó de conectar con un electorado que lleva años desplazándose progresivamente hacia el PP andaluz.
La figura de Juanma Moreno ha contribuido decisivamente a ese cambio. El presidente andaluz ha consolidado un perfil moderado y autonomista que ha logrado atraer a antiguos votantes socialistas desencantados. Incluso perdiendo la mayoría absoluta, el PP volvió a imponerse con claridad y mantuvo una ventaja de más de 700.000 votos sobre el PSOE.
El deterioro socialista no se explica únicamente por la campaña de 2026. Andalucía encadena ya cinco derrotas electorales consecutivas para el PSOE: autonómicas de 2022, municipales, generales, europeas y ahora nuevamente las autonómicas. Cada cita electoral ha ido confirmando la erosión de una maquinaria política que durante décadas parecía invencible.
Además, la fragmentación de la izquierda alternativa complicó aún más las opciones socialistas. El crecimiento de Adelante Andalucía absorbió parte del voto descontento con el PSOE y evidenció que existe un espacio político a la izquierda que ya no se siente representado por la estrategia socialista tradicional. Mientras tanto, Por Andalucía tampoco consiguió convertirse en una referencia sólida capaz de articular una alternativa de gobierno.
Dentro del PSOE andaluz, no se prevén movimientos inmediatos contra Montero. Pero esa calma aparente convive con una preocupación creciente sobre el futuro del partido en la comunidad más poblada de España.
La derrota andaluza también alimenta el debate interno sobre el desgaste del liderazgo de Pedro Sánchez. Aunque desde Ferraz rechazan interpretar estos comicios como un plebiscito nacional, el impacto político resulta difícil de aislar. Andalucía era una prueba crucial para medir la capacidad de recuperación territorial del PSOE y el resultado ha reforzado la sensación de agotamiento electoral en varias federaciones socialistas. @mundiario