Durante años, hacer turismo significaba fotografiar catedrales, visitar museos y sentarse en restaurantes recomendados. Hoy, para una parte creciente de los viajeros, una de las experiencias más reveladoras puede encontrarse bajo una luz fluorescente, entre pasillos de cereales, productos de limpieza y estanterías de yogures. Visitar supermercados durante las vacaciones se ha convertido en una forma de turismo en sí misma, una tendencia que transforma una actividad cotidiana en una pequeña expedición cultural.
La explicación va mucho más allá de la curiosidad por encontrar snacks desconocidos. Los supermercados permiten observar un país desde dentro: qué desayuna su población, cuánto cuesta la leche, qué sabores predominan, qué productos ocupan más espacio o qué alimentos aparecen en formatos completamente diferentes a los habituales. Es una especie de antropología doméstica al alcance de cualquiera.
También interviene el cerebro. Los entornos nuevos activan los mecanismos relacionados con la exploración y la búsqueda de información. Encontrarse ante decenas de productos desconocidos genera pequeñas dosis de curiosidad y sorpresa, dos ingredientes capaces de hacer que una experiencia aparentemente banal resulte memorable. El supermercado, además, ofrece algo que muchos monumentos no pueden proporcionar: la sensación de estar viendo la vida cotidiana sin filtros turísticos.
Y existe otro factor poderoso: comprar comida es una experiencia sensorial. Colores, olores, envases, texturas, idiomas y sabores construyen una representación inmediata del lugar. Una tableta de chocolate, una bebida local o una bolsa de patatas pueden convertirse en un recuerdo mucho más íntimo que una fotografía frente a un monumento.
El supermercado como ventana a la cultura local
En un mundo en el que las ciudades turísticas pueden parecer cada vez más homogéneas, los supermercados conservan pequeñas diferencias culturales. La distribución de los productos, las marcas dominantes, los tamaños de los envases e incluso la manera de presentar las frutas cuentan historias sobre hábitos, economía y alimentación.
Por eso, el turismo de supermercado también funciona como una forma de observación social. No hace falta hablar con nadie para detectar determinadas costumbres: basta con mirar qué ocupa las estanterías, qué productos tienen más variedades o cuáles resultan completamente desconocidos para el visitante.
Además, comprar en un supermercado puede producir una sensación de autenticidad difícil de encontrar en determinados espacios turísticos. El viajero deja momentáneamente de ser espectador y participa en una rutina local. Prepararse un desayuno con productos comprados en el destino o probar una bebida que nunca había visto convierte el viaje en algo más personal.
La nostalgia también cabe en un carrito
Hay otra razón menos evidente: los supermercados pueden generar emociones. Para algunas personas, recorrer los pasillos de otro país despierta recuerdos, asociaciones y sensaciones vinculadas a la infancia o a experiencias anteriores. Para otras, descubrir productos nuevos se convierte en una forma de construir recuerdos.
Las redes sociales han amplificado esta tendencia. Los vídeos de supermercados extranjeros acumulan visualizaciones porque combinan viaje, comida, sorpresa y comparación. El espectador puede descubrir qué se vende en Japón, Francia, Estados Unidos o Italia sin levantarse del sofá. Y cuando viaja, comprobarlo personalmente se convierte casi en una actividad obligatoria.
Paradójicamente, esta moda también dice algo sobre el turismo contemporáneo. Después de años persiguiendo lugares "imprescindibles", muchos viajeros parecen estar cansándose de consumir destinos como una lista de tareas. El supermercado representa lo contrario: no exige una gran experiencia ni una fotografía perfecta. Solo invita a mirar.
Quizá por eso el fenómeno resulta tan atractivo. Un supermercado no promete una aventura y, precisamente por eso, puede terminar ofreciéndola. Entre una botella de refresco con un sabor inesperado y una marca que no existe en nuestro país aparece una versión más íntima del viaje: la posibilidad de descubrir cómo es un lugar cuando nadie está intentando convertirlo en espectáculo.
El turismo de supermercado no consiste, en realidad, en hacer la compra. Consiste en curiosear, comparar y sentirse extranjero durante unos minutos. Y en una época en la que viajar parece cada vez más planificado, encontrar placer en algo tan cotidiano puede ser una de las formas más espontáneas de descubrir el mundo. @mundiario