¡Ey, tecnófilos! ¿Qué está pasando por ahí?
Hoy no voy a hablar de tecnología. Voy a hablar de un virus. Uno que no tiene vacuna, que no aparece en los balances ni en los informes de productividad, pero que lleva siglos royendo los cimientos de esta tierra.
No es la envidia. Es algo peor.
La envidia, al menos, tiene motor. El envidioso te mira, desea lo que tienes y, en el mejor de los casos, se pone en marcha para conseguirlo. Es un pecado capital con cierta lógica competitiva. Fea, sí. Destructiva, también. Pero tiene una dirección: hacia arriba.
El resentimiento va en otra dirección. El resentido no quiere tu éxito. Quiere tu fracaso. No le interesa crecer. Le interesa que tú caigas. No compite contigo. Te castiga. Y eso, en términos empresariales y sociales, es devastador.
Porque la envidia te puede hacer perder ventas. El resentimiento te hace perder el mercado entero.
Llevo más de treinta años moviéndome por este país y he pisado suficiente suelo gallego —el mío— como para reconocer este patrón con una claridad que duele. Hay una parte de la población aquí que no quiere que te vaya bien. No porque quiera lo tuyo, sino porque no tolera que a alguien le vaya bien. Es diferente. Es más profundo. Es más triste.
¿Por qué un gallego prefiere contratar a una empresa de Madrid antes que a una de su misma provincia? ¿Por qué el vecino que monta un negocio en el pueblo no recibe el apoyo de los demás, sino sus críticas? ¿Por qué aquí lo que viene de fuera siempre parece mejor, más serio, más de fiar?
No es complejo de inferioridad. Es resentimiento institucionalizado.
Y lo más peligroso no es que exista entre la gente. Lo más peligroso es que ha colonizado las administraciones.
Lo he visto. Lo vivo. Una empresa local que factura, que crece, que da empleo, que innova, que compite con las grandes, no genera orgullo en ciertos despachos. Genera sospecha. ¿Cómo puede irle tan bien? Algo raro hay. Y entonces llega la inspección, el trámite eterno, la subvención que nunca llega, la licitación que siempre gana el de fuera.
El resentimiento en las administraciones públicas no solo frena empresas. Las ahoga. Porque no actúa con argumentos. Actúa con silencio, con burocracia, con el «no» envuelto en papel de procedimiento.
Fíjate en este dato, que no necesita mucha elaboración: Galicia tiene uno de los tejidos industriales más potentes de España —naval, automoción, alimentación y moda— y, aun así, exporta talento como si le sobrara. Los jóvenes más preparados se van. Los emprendedores con proyectos ambiciosos buscan sede en otras comunidades. ¿Por qué?
No solo es una cuestión fiscal. No solo es infraestructural. Es también cultural. Aquí hay demasiado espacio para quien te desea mal y demasiado poco para quien te tiende la mano.
Esto no es un ataque a Galicia. Es exactamente lo contrario. Es un diagnóstico brutal porque la quiero. Porque creo que tiene todo para ser una potencia empresarial dentro de España y Europa. Porque el gallego que trabaja, el que arriesga, el que innova, es de los más tenaces y capaces que he conocido en mi vida.
Pero tenemos que llamar a las cosas por su nombre. Y esto se llama resentimiento. Y el resentimiento, a diferencia de la envidia, no se desactiva con el éxito propio. Se desactiva con cultura. Con una educación que glorifique al emprendedor, no al funcionario. Con administraciones que traten a las empresas como activos, no como sospechosas. Con ciudadanos que aplaudan al vecino que monta un negocio en lugar de esperar que le salga mal para decir: «Ya lo sabía yo».
El resentimiento es el freno de mano que nadie ve porque nadie lo quiere ver.
Y mientras no lo veamos, seguiremos preguntándonos por qué lo de fuera siempre parece mejor.
¡Se me tecnologizan! @mundiario