Cuando se acerca setiembre es un clásico que varios comentarios se ocupen de unos trastornos y problemas asociados al final del verano, que afectan a muchas personas, y de los buenos propósitos que albergan otras.
El primer trastorno es ese invento de personas o colectivos satisfechos, que llaman síndrome posvacacional, un malestar emocional o alteración anímica que aparece con la vuela al trabajo al finalizar las vacaciones y dicen que cursa con tristeza, irritabilidad, mal humor, insomnio o falta de concentración.
A mí me parece que ese síndrome es una frivolidad o “una estupidez”, como decía el doctor Luis Ferrer hace unos años. “El mero hecho de regresar al trabajo es una bendición”, añadía el psiquiatra y tenía razón. Hablar de depresión por volver a trabajar es un insulto a los parados, a los trabajadores precarizados que ni cobran el salario mínimo, o a los autónomos, que si no curran no comen. Por no hablar de los agricultores y ganaderos que, sin vacaciones, trabajan de sol a sol en sus haciendas y atienden a sus animales que comen todos los días.
Un segundo problema, que nos afecta a todos, es la “cuesta económica del otoño” que ya cursa con un repunte inflacionista persistente que erosiona gran parte de la subida salarial de los últimos años. La consecuencia es el aumento generalizado de los precios, con la electricidad y los carburantes como estrellas principales que desencadenan un efecto dominó alcista en los productos de primera necesidad, y atentos a los tipos de interés. Un escenario económico complejo con serias turbulencias de cara al invierno.
Aparece estos días otro problema clásico, “el otoño político caliente” que este año promete ser tan abrasador políticamente como lo fueron los días tórridos de agosto. El “cambio climático político”, que venimos padeciendo, ya empieza a manifestarse con crudeza inusitada en vísperas de un año electoral. Se recrudecerá la crispación y se escucharán palabras gruesas nunca oídas.
El contraste a estos trastornos lo ofrecen los ensueños de las personas que al final del verano muestran un estado anímico positivo. No sufren por la vuelta al trabajo, la situación política o la carestía de la vida. Para ellas el otoño es el tiempo de “los buenos propósitos”, el momento de emprender actividades como volver a estudiar inglés, apuntarse al gimnasio para perder unos quilos, reordenar los armarios, subsanar lagunas culturales, trazar un plan de ahorro… Las numerosas ofertas publicitarias que estos días estimulan estas y otras actividades constatan esta tenencia.
En fin, que así es la vida. En septiembre parece que todo comienza de nuevo y mejor hacer acopio de reservas mentales, que no garantizan la felicidad, pero ayudan para ir tirando. Para gestionar bien la realidad prosaica que nos espera y nos acompañará en los meses venideros. @mundiario