Durante décadas, la inteligencia animal se ha medido, en gran parte, a través de una premisa aparentemente lógica: cuanto mayor es el cerebro, mayor es la capacidad cognitiva. Bajo esa idea, insectos como los abejorros quedaban relegados al terreno de los comportamientos automáticos, gobernados por instintos rígidos y respuestas mecánicas.
Sin embargo, un nuevo estudio publicado en la revista Science vuelve a desafiar esa visión al demostrar que los abejorros pueden utilizar herramientas de forma intuitiva y resolver problemas inéditos, una habilidad que hasta ahora solo se había documentado claramente en animales considerados cognitivamente complejos.
La investigación, dirigida por Olli Loukola y su equipo de la Universidad de Oulu, adaptó para insectos uno de los experimentos más famosos de la historia de la psicología animal: la prueba de las cajas y el plátano diseñada hace un siglo por Wolfgang Köhler con chimpancés. Aquellos experimentos ayudaron a establecer que algunos animales podían resolver problemas mediante comprensión y no únicamente por ensayo y error. Ahora, la sorpresa llega desde un cerebro diminuto.
El reto planteado a los abejorros parecía sencillo solo en apariencia. Los investigadores colocaron una flor artificial con recompensa azucarada en el techo de una pequeña cámara transparente. Los insectos no podían alcanzarla volando debido a la escasa altura disponible. La única alternativa consistía en mover una pequeña bola de corcho o poliestireno hasta situarla bajo la flor, subirse sobre ella y extender su probóscide para acceder al alimento.
La relevancia del resultado reside precisamente en que esa secuencia de acciones nunca había sido enseñada. Los abejorros conocían que la flor azul equivalía a recompensa y estaban familiarizados con la presencia de objetos móviles, pero nadie les mostró cómo usar una bola como herramienta. Aun así, en los experimentos iniciales, aproximadamente tres cuartas partes resolvieron el problema con éxito.
El hallazgo plantea una cuestión central: ¿estaban razonando o simplemente actuaban por casualidad? Para responder a ello, los investigadores diseñaron pruebas progresivamente más complejas. En las fases avanzadas, los insectos debían memorizar la ubicación de la flor antes de que desapareciera de su campo visual. Posteriormente, en condiciones de iluminación roja —que impide distinguir el azul— debían recordar dónde estaba el objetivo y colocar la bola en el lugar adecuado. La mayoría volvió a conseguirlo.
Ese detalle cambia considerablemente la interpretación. Si el comportamiento fuese puramente automático o guiado únicamente por estímulos visuales inmediatos, el éxito habría caído drásticamente. Sin embargo, los resultados apuntan hacia algo más sofisticado: memoria espacial, capacidad de planificación básica y uso flexible de objetos externos para resolver un problema nuevo.
La importancia científica del estudio no radica únicamente en añadir otra especie a la lista de animales capaces de usar herramientas. Lo relevante es que los abejorros no utilizan herramientas de este tipo en estado salvaje. Mientras chimpancés, cuervos o algunos mamíferos ya muestran comportamientos similares en la naturaleza, el género Bombus no presenta antecedentes conocidos de manipulación instrumental comparable.
Eso convierte el experimento en algo más llamativo: los investigadores no están observando un comportamiento natural trasladado al laboratorio, sino la capacidad de generar una solución novedosa.
Este aspecto obliga también a replantear algunas ideas sobre la relación entre tamaño cerebral e inteligencia. Los cerebros de los abejorros contienen menos de un millón de neuronas, una cifra minúscula comparada con la de mamíferos o aves. Sin embargo, esas limitaciones anatómicas no parecen impedir la aparición de comportamientos complejos. Como sostiene Loukola, la cuestión podría no ser cuánto tejido neuronal existe, sino cómo está organizado.
La investigación encaja además con una creciente acumulación de evidencias sobre las capacidades cognitivas de los insectos. En los últimos años se ha demostrado que las abejas pueden contar pequeñas cantidades, reconocer patrones, aprender observando a otras compañeras e incluso realizar tareas que implican cierto grado de abstracción. Cada nuevo descubrimiento erosiona la imagen clásica del insecto como simple autómata biológico.
No obstante, los propios autores introducen cautela. Los investigadores no sostienen que los abejorros piensen como humanos ni que posean razonamientos complejos comparables a los de los grandes simios. Lo que sugieren es algo diferente: que la evolución pudo encontrar múltiples caminos para desarrollar inteligencia funcional, incluso dentro de sistemas nerviosos extremadamente pequeños.
La cuestión de fondo va más allá de los abejorros. Si cerebros diminutos pueden producir soluciones flexibles ante problemas inéditos, muchos modelos tradicionales sobre cognición animal podrían necesitar revisión. Lo que antes parecía una excepción reservada a unas pocas especies quizá responda, en realidad, a una capacidad mucho más extendida de lo que se pensaba. @mundiario