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Automotriz

Range Rover Sport Electric: el Range Rover que cambia de piel sin perder su esencia

Yoknell León
01/10/2026 16:44:00

El nuevo Range Rover Sport Electric representa una de esas transformaciones en las que la tecnología obliga a una marca a redefinir aquello que parecía innegociable. No basta con sustituir gasolina o diésel por electricidad cuando el producto tiene detrás una identidad construida durante décadas alrededor del lujo, la capacidad todoterreno y una determinada forma de desplazarse. Con 550 CV, 850 Nm y hasta 609 kilómetros de autonomía homologada, el nuevo Sport entra en la era eléctrica con argumentos propios, pero su verdadera importancia está en otro lugar: demuestra que la electrificación puede utilizarse para modificar el comportamiento de un SUV de lujo sin diluir su carácter.

Range Rover ha elegido además un camino significativo. El Sport Electric no pretende parecer un experimento separado de la gama, sino conservar prácticamente intacta la silueta que identifica al modelo. La revolución ocurre debajo de la carrocería, donde la estructura es un 61% más rígida que la de las versiones híbridas enchufables y el centro de gravedad desciende 73 milímetros. No son cifras destinadas únicamente a alimentar una ficha técnica. Explican una búsqueda concreta: conseguir que un vehículo grande, pesado y elevado pueda reaccionar con una precisión que hasta ahora parecía más propia de automóviles mucho más bajos.

Los 550 CV proceden de dos motores eléctricos de 260 kW que entregan 850 Nm de par, la cifra más alta ofrecida hasta ahora por un Range Rover Sport. La aceleración de 0 a 100 km/h se sitúa en 4,5 segundos mediante el modo Dynamic Launch, una marca comparable a la de un Sport V8 P540. Pero reducir este lanzamiento a una cuestión de aceleración sería quedarse en la superficie. La ventaja fundamental del motor eléctrico está en la inmediatez: el par llega con rapidez y puede ser administrado con precisión por la electrónica. Range Rover asegura que la respuesta del par es un 50% más rápida que en su Range Rover eléctrico.

Ese cambio tiene una lectura interesante desde el punto de vista de la conducción. Durante décadas, la ingeniería de los grandes todoterrenos estuvo condicionada por motores, transmisiones y diferenciales mecánicos que tenían que convertir la potencia en movimiento sobre superficies imprevisibles. La electrificación permite repartir la fuerza de otra manera y hacerlo prácticamente en tiempo real. El Range Rover Sport Electric utiliza dos motores y una tracción total virtual para administrar el empuje, mientras el Intelligent Traction Management adapta la respuesta a las condiciones. La electricidad, en este caso, no aparece como una limitación: se convierte en una herramienta de control.

La electricidad también baja el centro de gravedad

El arsenal tecnológico del chasis revela hasta qué punto el fabricante quiere que este modelo conserve una dimensión deportiva. La suspensión neumática Dynamic Air Suspension, los amortiguadores de doble válvula, el Adaptive Dynamics, la dirección a las cuatro ruedas y el Electronic Active Roll Control trabajan para controlar los movimientos de una carrocería que sigue teniendo dimensiones importantes. El sistema puede aplicar hasta 1.400 Nm de fuerza en cada eje para contener el balanceo. El objetivo no es convertir al Range Rover en un deportivo, sino conseguir que sus proporciones de SUV de lujo interfieran cada vez menos con su comportamiento.

La prueba en las canteras de mármol de Carrara resume perfectamente esa filosofía. Allí, el Sport Electric fue sometido a pendientes de hasta 45 grados y superficies especialmente complicadas, desde mármol pulido hasta zonas cubiertas de polvo fino. También llegó hasta el pico Gioia utilizando la dirección a las cuatro ruedas para superar curvas cerradas sin necesidad de maniobrar marcha atrás. Según MARCA, el modelo ha mostrado una capacidad campera destacable durante esta fase de pruebas. El escenario es espectacular, pero su verdadero valor está en demostrar que la marca no quiere que la batería sea sinónimo de perder las capacidades que han construido la reputación del Range Rover.

El dato de los 900 milímetros de capacidad de vadeo resulta especialmente simbólico. Un SUV eléctrico de lujo puede parecer, a primera vista, el producto perfecto para el asfalto urbano, los trayectos ejecutivos y los desplazamientos de larga distancia. Range Rover insiste en recordar que su identidad nació también lejos de las carreteras convencionales. Poder superar hasta 45 grados de pendiente y vadear 900 milímetros permite mantener ese relato. La electrificación cambia el mecanismo, pero la marca intenta conservar el escenario en el que el vehículo tiene que demostrar para qué fue concebido.

La batería de 118,5 kWh y la arquitectura de 800 voltios completan la transformación. Los hasta 609 kilómetros de autonomía WLTP permiten plantear viajes largos con una tranquilidad mayor que la de muchos eléctricos de gran tamaño, mientras que la posibilidad de recuperar hasta 220 kilómetros en diez minutos reduce uno de los principales obstáculos psicológicos de la movilidad eléctrica. La aerodinámica también adquiere un papel central: la parrilla y las llantas específicas están diseñadas para reducir la resistencia al avance y, según la marca, pueden aportar hasta 16 kilómetros adicionales a velocidades de autopista.

Pero existe una contradicción interesante que acompaña a este tipo de vehículos. La electrificación promete eficiencia, pero el lujo, el tamaño, la potencia y el peso siguen teniendo un coste energético. El Sport Electric no intenta resolver esa contradicción reduciendo drásticamente sus dimensiones o prestaciones. Su estrategia consiste en utilizar una batería enorme, una arquitectura de alta tensión y una gestión electrónica sofisticada para conseguir que un SUV de estas características pueda recorrer grandes distancias sin que el conductor tenga que modificar radicalmente sus hábitos. Es una solución coherente con el segmento al que pertenece, aunque no deja de mostrar los límites físicos de los grandes vehículos eléctricos.

También cambia la relación emocional con el automóvil. El silencio de un motor eléctrico elimina una parte del lenguaje tradicional de los modelos de altas prestaciones, y Range Rover ha decidido crear un sonido específico para acompañar la conducción. No intenta imitar simplemente un motor de combustión, sino construir una firma acústica propia mediante distintos tonos. Es un detalle aparentemente secundario, pero revela un problema que afecta a toda la industria premium: cuando desaparece el sonido mecánico, las marcas tienen que encontrar nuevas formas de comunicar carácter, respuesta y personalidad al conductor.

El Range Rover Sport Electric, además, llega en un momento en el que el mercado de lujo está redefiniendo qué significa electrificar un automóvil. Ya no se trata únicamente de reducir emisiones o cumplir objetivos regulatorios. Los fabricantes necesitan demostrar que la tecnología eléctrica puede convivir con conceptos como exclusividad, prestaciones, comodidad y capacidad fuera del asfalto. Range Rover mantiene versiones híbridas enchufables, gasolina y diésel junto al nuevo modelo eléctrico, una convivencia que muestra que la transición no está siendo lineal. El futuro del automóvil premium será probablemente más diverso durante varios años antes de que una tecnología termine imponiéndose claramente sobre las demás.

La gran incógnita llegará cuando el Sport Electric abandone los escenarios de presentación y se convierta en automóvil cotidiano. Será entonces cuando habrá que medir de verdad su consumo en autopista, su comportamiento en carreteras de curvas, el confort de la suspensión, la autonomía con temperaturas extremas y la experiencia de recarga. Las pruebas en Carrara demuestran capacidad, pero no sustituyen a miles de kilómetros de utilización normal. Y ese es precisamente el desafío de todos los grandes eléctricos: convertir cifras impresionantes en una experiencia que resulte natural cuando desaparece el efecto novedad.

El Range Rover Sport Electric no supone el final del Range Rover que conocemos, sino una reinterpretación de su concepto. La electricidad le permite ser más rápido en la respuesta, más bajo de centro de gravedad, más preciso en la gestión de la tracción y potencialmente más silencioso, pero la marca se niega a sacrificar aquello que considera esencial: lujo, presencia y capacidad todoterreno. Esa combinación refleja una tendencia mayor en la industria: los fabricantes premium ya no buscan simplemente electrificar sus productos, sino demostrar que una nueva tecnología puede convertirse en parte de su identidad histórica. El verdadero éxito del Sport Electric no estará en sus 550 CV, sino en conseguir que el conductor pueda bajarse después de un viaje y seguir sintiendo que ha conducido un Range Rover. @mundiario

por Mundiario