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Medios

Rosalía arrasa en los premios de la Música, pero Serrat se lleva la ovación

María P. Martínez
27/05/2026 12:58:00

La escena tuvo algo de síntoma y de metáfora. La gran triunfadora de la III edición de los Premios de la Academia de la Música de España no pisó el escenario. Rosalía arrasó con ocho galardones —todos los que podía ganar— gracias a Lux, pero su ausencia dejó un vacío incómodo en una ceremonia que aspiraba a consolidarse como el equivalente musical de los Goya. Y, sin embargo, en ese hueco emergió una figura capaz de dotar de sentido a la noche: Joan Manuel Serrat, que convirtió un premio honorífico en una lección de vida.

El contraste no pudo ser más elocuente. Mientras el nombre de Rosalía se repetía en el escenario como un eco sin cuerpo, una azafata recogía los trofeos en su nombre. Ni rastro de la artista ni de un representante, hasta que, al octavo, el protocolo obligó a intervenir al presidente de Sony Music, justificando lo que ya era evidente: el éxito global también implica desconexión local. La industria celebraba a su mayor estrella mientras evidenciaba su incapacidad para retenerla, siquiera simbólicamente, en su propia fiesta.

La gala, celebrada en IFEMA Palacio de Congresos, avanzaba entre bromas, cierta ironía y un creciente deslucimiento. Ni siquiera el desfile de nombres relevantes —de Leiva a Amaia— lograba tapar la sensación de que faltaba algo esencial: la conexión entre el éxito y su representación pública. Pero entonces apareció Serrat.

Su presencia no solo llenó el escenario; ordenó el relato. Con humor, memoria y una lucidez afilada, el autor de Mediterráneo desmontó en minutos cualquier artificio de la gala. “Este es un premio a la supervivencia”, dijo, con esa ironía que solo permite la experiencia. Y en ese instante, según sostiene EL PAÍS, la noche cambió de eje: dejó de girar en torno a la acumulación de premios y empezó a orbitar alrededor del sentido de la música.

El discurso de Serrat fue, en sí mismo, un acto de resistencia cultural. Frente a una industria cada vez más acelerada, global y despersonalizada, reivindicó el origen humilde, la transmisión oral, la música como acto cotidiano. Su evocación de la cocina familiar, de las canciones compartidas mientras se hacían tareas domésticas, funcionó como una enmienda silenciosa a la espectacularización del éxito.

La ausencia como síntoma

La no comparecencia de Rosalía no es un hecho aislado, sino un signo de época. La artista catalana, convertida en icono global, parece operar en una dimensión donde los premios nacionales pierden centralidad. Su agenda “ingobernable” —en palabras de su discográfica— revela una tensión creciente entre lo local y lo internacional.

En ese sentido, la gala dejó una pregunta incómoda: ¿puede consolidarse una gran cita de la música española sin sus principales figuras? La ausencia de nombres como Aitana o Guitarricadelafuente refuerza la idea de que el prestigio institucional aún está en construcción.

Serrat o el valor de la permanencia

Frente a esa volatilidad, Serrat encarna lo contrario: la permanencia. No necesita estar en todas partes porque su legado ya está en todas. Su discurso, que combinó humor y crítica —“este mundo demente, cretino y desalmado”—, funcionó como un recordatorio de que la música no es solo industria, sino también conciencia.

La ovación que recibió no fue solo un homenaje a su carrera, sino una reacción emocional a lo que representaba en ese momento: autenticidad frente a ausencia, palabra frente a silencio.

Una industria en busca de identidad

La Academia de la Música de España, nacida en 2023, sigue en proceso de definirse. Tras una primera edición errática y una segunda más sólida, esta tercera entrega confirma avances, pero también carencias. La alianza con RTVE y la mejora en el ritmo de la gala son pasos en la buena dirección, pero la falta de implicación de las grandes estrellas amenaza su consolidación.

En ese equilibrio inestable entre espectáculo y significado, la noche dejó una conclusión clara: el éxito cuantitativo —ocho premios— no siempre garantiza el impacto emocional.

Rosalía ganó todo, pero no estuvo. Serrat no competía, pero lo ganó todo. Esa es la paradoja que define no solo esta gala, sino un momento de transición en la música española.

Porque mientras una parte de la industria mira hacia fuera, en busca de validación global, otra recuerda —como hizo Serrat— que la música sigue siendo, en esencia, un acto profundamente humano. Y que, a veces, la verdadera victoria no se mide en premios, sino en la capacidad de emocionar cuando más falta hace. @mundiario

por KaiK.ai