Todos hemos admirado a esas personas que parecen moverse a velocidad doble, con agendas imposibles y proyectos que nunca descansan. La sociedad los celebra como “apasionados” o “multitasking”, pero detrás de esa vorágine puede esconderse un patrón más oscuro: la hiperactividad como escape emocional. No se trata solo de exceso de energía o déficit de atención; hablamos de un mecanismo de evasión que, a largo plazo, puede erosionar relaciones, salud y bienestar psicológico.
La ciencia psicológica está empezando a explorar este fenómeno. Estudios recientes de neurociencia muestran que la hiperactividad no siempre es un rasgo innato; en muchos casos, es la manifestación externa de una ansiedad interna no procesada. Mente y cuerpo buscan un refugio en la acción constante para no confrontar emociones dolorosas o experiencias traumáticas. Así, lo que parece productividad puede ser, en realidad, un escape silencioso.
Este patrón tiene un efecto perverso: mientras la persona corre, organiza, trabaja y se distrae, su sistema nervioso permanece en alerta constante. La adrenalina y el cortisol se convierten en compañeros permanentes, aumentando la vulnerabilidad a la fatiga crónica, insomnio y estrés crónico. Paradójicamente, el impulso de “hacer más” para evadir el malestar termina reforzando el malestar mismo.
Hiperactividad como máscara emocional
Psicólogos clínicos señalan que muchas personas hiperactivas han aprendido desde niños a reprimir emociones incómodas. La acción constante les ofrece un alivio temporal, una sensación de control que la introspección no brinda. Sin embargo, esta estrategia evita la verdadera integración emocional, dejando heridas invisibles que se agravan con el tiempo.
El riesgo de la desconexión social
La hiperactividad de escape emocional también genera aislamiento. Mantenerse ocupado puede ser un modo de evitar conflictos, conversaciones profundas o relaciones que demandan vulnerabilidad. Ironías de la vida: quien parece “siempre presente” para el mundo, a menudo está ausente para quienes más importan.
Señales de alerta que no debes ignorar
Entre los signos de que la hiperactividad es más que energía destacan: sensación constante de urgencia, irritabilidad ante la inactividad, incapacidad de disfrutar momentos tranquilos y dependencia de la productividad como fuente de autoestima. Reconocer estas señales a tiempo permite buscar estrategias de regulación emocional y apoyo terapéutico antes de que el desgaste sea irreversible.
Romper el ciclo: pausa consciente y conexión emocional
Expertos recomiendan prácticas que fomenten la conciencia de las emociones y la regulación de la actividad. Mindfulness, psicoterapia y ejercicios de respiración profunda son herramientas que ayudan a disminuir la hiperactividad como mecanismo de escape y a reconectar con sensaciones genuinas. Aprender a “estar sin hacer” puede ser más revolucionario que cualquier agenda sobrecargada.
La hiperactividad no es inherentemente negativa, pero cuando se convierte en un refugio emocional, deja de ser virtud y se transforma en riesgo silencioso. La invitación es clara: observar el ritmo, descifrar la causa y encontrar equilibrio. Solo así la energía se transforma en vitalidad consciente, no en huida perpetua. @mundiario