El 12 de agosto, al filo del atardecer, la Luna se interpondrá entre la Tierra y el Sol y buena parte de Galicia quedará a oscuras. A Coruña vivirá el primer eclipse total visible en la España peninsular desde 1905, con la sombra entrando por el Atlántico y recorriendo la península de oeste a este. Merece la pena detenerse en ese minuto escaso de noche prestada, porque el firmamento que nos devuelve es el mismo que llevamos décadas borrando. Lo dejó claro la astrofísica Minia Manteiga, presidenta de la Sociedad Española de Astronomía, en el podcast de Mundiario.
El firmamento que estamos apagando
Manteiga creció en una aldea cerca de Negreira, entre noches sin apenas luz eléctrica, viendo la Vía Láctea en todo su esplendor. Aquella imagen encendió su vocación. Hoy reconoce que un niño criado en la ciudad difícilmente podrá repetirla. «Si lo llevamos a un sitio oscuro le va a parecer que alguien colgó eso ahí, que son fuegos artificiales», resume sobre una generación que ya no reconoce su propia galaxia.
Los datos acompañan esa intuición. Cerca del 80 % de la humanidad vive ya bajo cielos con contaminación lumínica y, en Europa y Estados Unidos, en torno al 99 % de la población no llega a ver la Vía Láctea desde su casa, según el atlas mundial del brillo del cielo nocturno. Perdemos en silencio un patrimonio tan tangible como cualquier catedral, sólo que este no figura en ningún registro.
La responsable de la financiación de la astronomía en la Agencia Estatal de Investigación apunta a un exceso de luz mal entendido. Asociamos iluminación con seguridad cuando a menudo ocurre lo contrario, advierte, porque el LED azulado deslumbra, consume y disuade poco al delincuente. Somos, ironiza, «nuevos ricos» de la luz, y por eso la derrochamos por todas partes.
Por qué un eclipse total nos remueve por dentro
Un eclipse total escapa a lo cotidiano. Cuando la Luna cubre por completo el disco solar, el día se hace noche de golpe y esa ruptura del orden natural, cuenta Manteiga, «revuelve a uno un poco por dentro». Lo llevamos grabado como certeza elemental, tras el día llega la noche, y de pronto la secuencia se quiebra al atardecer.
Durante esos segundos asoma la corona solar, la atmósfera exterior del Sol, ahora en plena fase de alta actividad. La astrofísica lo vivió el año pasado en Mazatlán, donde observó cómo las gallinas de una granja vecina se retiraban en fila al gallinero y los pájaros enmudecían, convencidos de que había caído la noche. Nadie, asegura, sale indiferente de esa experiencia.
En A Coruña el eclipse arrancará hacia las siete y media de la tarde, alcanzará la totalidad sobre las ocho y media y se prolongará apenas 76 segundos, con el Sol muy bajo, a unos 12 grados sobre el horizonte. Esa altura obliga a buscar un punto despejado hacia el oeste, y la meteorología atlántica será el gran interrogante en la esquina más nubosa de España. Para mirarlo sin dañar la vista hacen falta gafas homologadas, nunca improvisadas, y conviene consultar la web ministerial que el buscador localiza al teclear «trío de eclipses».
¿De quién es el cielo que vamos a mirar?
Aquí aflora la otra cara del asunto. Mientras un eclipse nos reconcilia con el cielo, lo estamos llenando de tráfico. Las constelaciones de satélites como Starlink ya cruzan cualquier fotografía astronómica de larga exposición, y Manteiga teme que los más pequeños acaben tomando esas rayas por estrellas de verdad.
El paso siguiente inquieta todavía más. La empresa estadounidense Reflect Orbital proyecta vender luz solar a la carta desde el espacio, lo que anuncia como sunlight on demand, con enormes espejos en órbita. Su hoja de ruta contempla dos satélites de prueba en 2026, unos 5.000 hacia 2030 y más de 50.000 en 2035, con la promesa de iluminar bajo demanda la energía, la agricultura, la defensa, el alumbrado urbano, los eventos o los rescates. Traducido, alguien decidiría dónde es de día y dónde es de noche.
La ciencia no se ha quedado callada. La Sociedad Española de Astronomía presentó alegaciones ante la Comisión Federal de Comunicaciones de Estados Unidos, el organismo que debe autorizar el proyecto, y lo hizo casi sin contrapesos internacionales que respalden esa voz. Ahí asoma además la paradoja gallega. Canarias protege su firmamento con una ley del cielo pionera, mientras Galicia, que el 12 de agosto será el mejor balcón de Europa, carece de una norma equivalente.
Mirar hacia arriba y decidir
Quizá esa sea la lección menos astronómica del eclipse. El cielo, igual que el clima o el océano, lo compartimos todos, y ninguna empresa debería trocearlo y ponerle precio. Defenderlo como bien común, con regulación y con criterio, encaja con una mirada europeísta y progresista que entiende lo público como aquello que no se subasta.
Manteiga, que hoy resume su trabajo como «servicio a la comunidad», lleva ese mensaje a los colegios para que las niñas encuentren referentes científicos. El 12 de agosto, cuando A Coruña se apague durante 76 segundos, tal vez convenga mirar hacia arriba y preguntarse qué cielo queremos legar a quienes lleguen después. Sobre cómo vivir esa jornada con seguridad, Mundiario ofrecerá toda la información del eclipse. @mundiario.