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El Ártico se vuelve más inestable: cómo el cambio climático podría empeorar los terremotos

Diego Tudares
08/09/2026 07:10:00

Hay una diferencia importante entre provocar un desastre y hacer que un desastre tenga más posibilidades de desencadenar otro. Esa distinción está en el centro de un nuevo estudio sobre el Ártico que analiza lo ocurrido en Jan Mayen, una pequeña isla volcánica noruega situada entre Islandia y Groenlandia.

El 10 de marzo de 2025, un terremoto de magnitud 6,5 sacudió la isla. En cuestión de minutos, una gran masa de roca se desprendió de una ladera próxima al volcán Beerenberg y cayó sobre el glaciar Kjerulf, arrastrando bloques y sedimentos. Al mismo tiempo, las observaciones permitieron identificar desprendimientos de hielo en el vecino glaciar Weyprecht.

La investigación, publicada en Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS), sostiene que el terremoto fue el desencadenante inmediato, pero que las condiciones previas de la ladera pueden haber sido modificadas por décadas de calentamiento y degradación del permafrost.

Jan Mayen se encuentra en una región geológicamente activa vinculada a la dorsal mesoatlántica y los terremotos forman parte de su dinámica natural. Lo que plantea el estudio es otra cuestión: si el terreno sobre el que actúa un terremoto está cambiando debido al calentamiento, las consecuencias de una sacudida determinada pueden ser diferentes y más devastadoras.

La analogía sería la de una estructura que pierde progresivamente parte de sus elementos de sujeción. El movimiento que finalmente provoca el colapso puede ser un terremoto, pero la vulnerabilidad se ha construido antes. Ese es el concepto de amplificador climático de los riesgos naturales. El fenómeno geológico sigue teniendo su origen en la tectónica; lo que cambia es el estado del terreno cuando llega la sacudida.

El permafrost funciona como un cemento natural

El elemento fundamental de esta investigación es el permafrost, el suelo o roca que permanece congelado durante largos periodos. En las montañas y laderas del Ártico, el hielo puede ocupar fracturas dentro de la roca y contribuir a mantener unidos bloques que, en otras condiciones, serían más inestables. Cuando la temperatura aumenta y ese hielo se degrada, desaparece parte de esa función de unión.

El problema adquiere una dimensión especial en las pendientes volcánicas de Jan Mayen. Allí existen laderas muy inclinadas, glaciares y materiales fracturados que durante largos periodos han estado sometidos a temperaturas suficientemente bajas para mantener el hielo dentro de las grietas.

El calentamiento progresivo puede modificar ese equilibrio. No significa que toda roca situada sobre permafrost vaya a desprenderse, pero sí que determinados sectores pueden pasar de un estado relativamente estable a otro más susceptible de fallar cuando reciben una perturbación suficientemente intensa.

Lo ocurrido en Jan Mayen resulta especialmente interesante porque no se limita a un terremoto seguido de un alud. El seísmo provocó una avalancha de rocas sobre el glaciar Kjerulf. Las imágenes por satélite permitieron observar la extensión de los materiales desprendidos y estructuras conocidas como molards, acumulaciones de bloques y sedimentos que aparecen asociadas a determinados procesos de colapso.

El sismo también provocó un calving —es decir, desprendimientos de hielo— en el glaciar Weyprecht, configurando una secuencia que abarca desde el terremoto y la inestabilidad de la ladera hasta la avalancha de rocas y las alteraciones glaciares. De este modo, cada fenómeno actúa modificando las condiciones ambientales para el desarrollo del siguiente.

Eso es precisamente lo que los investigadores denominan riesgo de desastres en cascada. El peligro no reside únicamente en la magnitud de un fenómeno inicial, sino en su capacidad para desencadenar otros acontecimientos.

El equipo internacional reconstruyó esta secuencia utilizando datos sísmicos locales y regionales, modelos de movimiento del terreno, imágenes satelitales de alta resolución, mediciones de infrasonido y registros de temperatura y clima. Esa combinación permitió establecer con bastante precisión la relación temporal entre el terremoto y los desprendimientos. 

¿Por qué ahora preocupa más el calentamiento?

Uno de los argumentos más relevantes del estudio es que los terremotos no son nuevos en Jan Mayen, pero las imágenes disponibles de aproximadamente cuatro décadas no muestran un episodio comparable de avalancha de rocas inducida por un terremoto.

Además, existen indicios de que la ladera ya había experimentado pequeños desprendimientos entre 2019 y 2024, mientras los registros de temperatura muestran una tendencia de calentamiento y un aumento de los veranos especialmente cálidos desde finales de la década de 1990. Los investigadores interpretan conjuntamente estas señales como indicios de una progresiva pérdida de estabilidad.

Aquí es donde el estudio resulta más interesante: el cambio climático puede modificar el escenario de partida de un riesgo geológico que ya existía. No hace falta que aumente la frecuencia de los terremotos para que aumente el peligro asociado a ellos. Basta con que una ladera que antes resistía determinados niveles de vibración se encuentre ahora en peores condiciones.

Jan Mayen tiene una característica que limita las consecuencias directas del episodio: es una isla remota y prácticamente deshabitada, salvo por el personal de la estación meteorológica.

Pero precisamente por eso funciona como un laboratorio natural. El mecanismo descrito puede resultar relevante en otras zonas montañosas frías donde coinciden permafrost, glaciares, pendientes pronunciadas y actividad sísmica.

El estudio no permite afirmar que todos los futuros terremotos árticos serán más destructivos. Tampoco demuestra que cada desprendimiento de roca en regiones polares tenga una causa climática. Lo que aporta es una evidencia concreta de cómo un terreno previamente debilitado puede responder de manera diferente a una perturbación sísmica. @mundiario

por Mundiario