Puede resultar cruel visto desde nuestra perspectiva, pero en los nidos de las guacamayas rojas ocurre algo sorprendente: algunas crías prácticamente nacen condenadas. Aunque una hembra puede poner hasta cuatro huevos por temporada, normalmente solo uno o dos polluelos consiguen abandonar el nido. Las terceras y cuartas crías casi nunca sobreviven y alrededor del 25% de las segundas también muere.
La científica peruana Gabriela Vigo-Trauco lleva más de dos décadas estudiando este comportamiento. Las cámaras instaladas en los nidos permitieron observar que los padres —especialmente las madres— pueden dejar de atender al polluelo más pequeño. No se detectó que fuera consecuencia de peleas entre hermanos ni de una escasez general de alimento.
La explicación puede estar en una dura estrategia de supervivencia. Los huevos no eclosionan simultáneamente y apenas cuatro o cinco días de diferencia generan crías con necesidades muy distintas. Alimentarlas y mantener las condiciones adecuadas para todas puede resultar demasiado exigente. Según Vigo-Trauco, los padres se enfrentan entonces a una elección biológica: concentrar sus esfuerzos en algunas crías para aumentar sus posibilidades de supervivencia.
Buscar otra familia en mitad de la selva
El problema es que una estrategia que pudo resultar útil evolutivamente se vuelve especialmente preocupante cuando la propia especie está amenazada por la pérdida de hábitat y la caza furtiva. Por eso, en 2017 Vigo-Trauco comenzó a probar una solución extraordinaria: retirar a algunos polluelos condenados y encontrar parejas de guacamayas silvestres dispuestas a adoptarlos.
Uno de ellos fue Parker. En 2018 fue rescatado cuando todavía no había abierto los ojos y era el menor de cuatro hermanos. Tras alimentarlo manualmente durante tres semanas, el equipo encontró una familia adecuada y lo trasladó a otro nido. Su nueva madre, Tambo, comenzó inmediatamente a acicalarlo y, meses después, Parker consiguió volar. Otros 25 polluelos fueron rescatados entre 2017 y 2019, aunque no todos lograron sobrevivir.
La técnica, sin embargo, tiene un problema: resulta cara y extraordinariamente compleja. Los investigadores deben recorrer kilómetros de selva, localizar una cría en peligro y encontrar simultáneamente otro nido con condiciones y polluelos de edades compatibles. El experimento original llegó a necesitar un equipo de unas 20 personas, por lo que reproducirlo a gran escala no resulta sencillo.
Desde 2020, Vigo-Trauco experimenta con una alternativa más sencilla: trasladar a las crías inmediatamente después de nacer, evitando semanas de alimentación manual. Los primeros resultados han permitido reorganizar nidos para que cada pareja críe polluelos de edades similares, una fórmula que podría reducir costes y facilitar su aplicación en otros proyectos de conservación.
La historia tiene además un final bastante simbólico. Parker fue visto nuevamente en 2019 volando junto a sus padres adoptivos y su hermano. Aquella cría que probablemente habría muerto de hambre terminó formando parte de lo que Vigo-Trauco describió simplemente como una familia “normal”. Una pequeña intervención humana había conseguido cambiar el desenlace sin quitarle algo esencial: la posibilidad de aprender a ser una guacamaya viviendo entre guacamayas. @mundiario