Mientras crece el debate sobre si la inteligencia artificial generativa vive una burbuja o si sus contenidos son confiables, Nvidia ha decidido mirar en otra dirección. Para la compañía que fabrica los chips que hicieron posible ChatGPT y sus imitadores, el verdadero cambio no está en escribir textos o generar imágenes, sino en llevar la inteligencia artificial al mundo tangible. Es decir, a coches, robots y máquinas que no solo ejecutan órdenes, sino que entiendan lo que ocurre a su alrededor y actúen en consecuencia.
Este planteamiento no es menor. Hasta ahora, la IA ha vivido principalmente en pantallas y servidores. Nvidia propone sacarla a la calle, a las fábricas ya las carreteras. Un movimiento que explica por qué la empresa no quiere limitarse a vender hardware, sino controlar también los modelos de inteligencia artificial que harán funcionar esa nueva generación de máquinas.
Procesadores más potentes para decisiones más complejas
El anuncio de la nueva plataforma de superprocesadores Vera Rubin, presentada en el CES de Las Vegas, es clave para entender esta estrategia. Nvidia promete más potencia de cálculo con menor consumo energético, algo fundamental si se pretende que la IA funcione de forma constante en coches o robots. Sin esa eficiencia, el salto al mundo físico sería inviable tanto económica como ambientalmente.
Pero el verdadero cambio está en el enfoque del aprendizaje. Con sus nuevos modelos abiertos Alpamayo, Nvidia plantea entrenar a las máquinas no solo para reconocer patrones, sino para razonar. En términos sencillos, se trata de que un vehículo autónomo no recuerde todas las situaciones posibles, algo imposible, sino que aprenda a descomponer un problema nuevo en partes conocidas, igual que haría una persona al volante.
Este tipo de razonamiento explicable, donde la máquina puede justificar su decisión antes de ejecutarla, apunta a una demanda social creciente de transparencia tecnológica. No se trata solo de que la IA funcione, sino de entender por qué hace lo que hace.
Promesas, riesgos y preguntas inevitables
La demostración de un Mercedes CLA conduciendo por San Francisco ilustra el potencial de esta tecnología. Sin embargo, conviene no perder de vista el contexto. Estos vehículos siguen necesitando supervisión humana y aún no resuelven cuestiones clave como la responsabilidad legal en caso de accidente, el impacto en el empleo o el acceso equitativo a estas innovaciones.
Además, que una sola empresa concentra tanto poder tecnológico plantea interrogantes legítimos. Si Nvidia aspira a controlar desde el chip hasta el cerebro de las máquinas, el debate sobre regulación, competencia y uso social de la IA se vuelve más urgente que nunca.
La inteligencia artificial que razona puede ser una herramienta para mejorar la seguridad vial, optimizar recursos y reducir errores humanos. Pero también puede convertirse en una caja negra si no se establecen límites claros. Como en toda gran transformación tecnológica, la cuestión no es solo qué se puede hacer, sino para quién y bajo qué reglas.
El futuro que dibuja Nvidia es fascinante, pero no debería construirse solo en los escenarios de una feria tecnológica. Hace falta debate público, normas claras y una visión que ponga la tecnología al servicio de la sociedad y no al revés. Solo así la promesa de máquinas inteligentes dejará de ser un espectáculo y se convertirá en un avance real y compartido. @mundiario