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Animales

El gusto por el calor ayudó a los cocodrilos a sobrevivir al asteroide que extinguió a los dinosaurios

Diego Tudares
22/10/2026 08:51:00

Los cocodrilos y sus parientes llevan aproximadamente 250 millones de años habitando la Tierra. Durante ese tiempo, han atravesado cambios geográficos, transformaciones climáticas y dos de las cinco grandes extinciones masivas del planeta. Su supervivencia frente al cataclismo que acabó con los dinosaurios no avianos continúa siendo objeto de investigación, pero un nuevo estudio apunta a una característica que pudo resultar decisiva: su prolongada preferencia por los ambientes cálidos.

La investigación, dirigida por científicos del University College London (UCL) y publicada en la revista Science Advances, plantea que los antepasados de los cocodrilos no necesitaron adaptarse de manera constante a cualquier clima. En gran medida, siguieron las zonas que ofrecían temperaturas adecuadas, desplazándose hacia latitudes altas durante los periodos cálidos y replegándose hacia los trópicos cuando el planeta se enfriaba.

Este comportamiento pudo situar a algunas poblaciones en regiones donde las condiciones ambientales resistieron mejor las consecuencias del impacto del asteroide de Chicxulub, ocurrido hace unos 66 millones de años. No significa que el calor garantizara su supervivencia, sino que la distribución de los hábitats adecuados pudo ofrecerles refugios en un momento en el que numerosos ecosistemas quedaron gravemente alterados.

Para reconstruir la relación entre estos animales y las condiciones ambientales del pasado, el equipo examinó registros de más de 7.000 fósiles y datos correspondientes a más de 400 especies actuales y extinguidas. Los investigadores combinaron esa información con árboles evolutivos, mapas de distribución de las especies vivas y reconstrucciones informáticas de la geografía y el clima de la Tierra a lo largo de aproximadamente 245 millones de años.

El objetivo era determinar qué temperaturas y niveles de precipitación favorecieron a los distintos integrantes del linaje de los cocodrilos, conocido científicamente como los pseudosuquios, para estimar a partir de esos datos cómo habían cambiado sus hábitats a medida que se transformaba el clima global. Los resultados mostraron un patrón persistente: estos animales tendieron a ocupar regiones cálidas, incluso cuando eso implicaba recorrer grandes distancias geográficas a lo largo de millones de años; por lo tanto, su distribución no permaneció fija, sino que cambió en función de las condiciones ambientales disponibles.

Un ejemplo ilustrativo aparece durante el Eoceno temprano, hace unos 50 millones de años. En aquel periodo, la temperatura media global era aproximadamente 10 grados Celsius superior a la actual y las regiones polares carecían de las extensas capas de hielo que las caracterizan hoy. Los parientes de los cocodrilos llegaron entonces a zonas de altas latitudes de América del Norte, Europa e incluso la Antártida.

Con el posterior enfriamiento del planeta, su distribución se redujo y muchas poblaciones quedaron concentradas en regiones tropicales y subtropicales. La investigación interpreta esta evolución como una respuesta prolongada a la disponibilidad de condiciones térmicas favorables, más que como una adaptación generalizada a climas radicalmente diferentes.

Por qué los climas cálidos pudieron ayudarles a sobrevivir al asteroide

La extinción del Cretácico-Paleógeno transformó los ecosistemas terrestres hace 66 millones de años. El impacto de Chicxulub, en la actual península mexicana de Yucatán, desencadenó una cadena de efectos ambientales que afectó a la luz solar, la temperatura, la vegetación y las redes alimentarias. La desaparición de los dinosaurios no avianos fue una de sus consecuencias más conocidas, aunque numerosas especies de otros grupos también se extinguieron.

Para evaluar cómo pudo afectar este episodio a los cocodrilos, los investigadores simularon distintos escenarios climáticos posteriores al impacto. Entre ellos figuraban la reducción de la luz solar por la presencia de polvo y partículas en la atmósfera, así como posibles cambios asociados al dióxido de carbono liberado por la actividad volcánica.

En las simulaciones con una disminución de la luz solar del 5 % y del 10 %, las regiones cálidas próximas al ecuador conservaron condiciones adecuadas para los parientes de los cocodrilos. Sin embargo, cuando la reducción alcanzaba el 15 %, esos refugios dejaban de resultar suficientemente favorables. Los autores señalaron que este último escenario extremo se considera actualmente menos probable.

La diferencia es importante: el estudio no demuestra que el planeta permaneciera cálido y estable tras el impacto. Analiza si determinados territorios pudieron mantener condiciones compatibles con la supervivencia de estos animales bajo distintos supuestos. Según sus resultados, los trópicos y subtrópicos pudieron ofrecer áreas de refugio donde algunas poblaciones lograron persistir y, posteriormente, expandirse de nuevo.

El autor principal, Alfio Alessandro Chiarenza, investigador de Ciencias de la Tierra en UCL, explicó que el impacto no convirtió toda la superficie terrestre en un entorno igualmente hostil para todos los grupos. La preferencia de los cocodrilos por ambientes cálidos pudo situar a sus supervivientes en lugares donde las condiciones adecuadas resistieron mejor.

El equipo también comparó estos resultados con modelos anteriores sobre los dinosaurios no avianos. En esos análisis, la superficie con condiciones climáticas apropiadas para ellos se reducía de manera mucho más acusada. Esa diferencia ayuda a plantear por qué algunos linajes pudieron superar la crisis mientras otros desaparecieron, aunque no constituye por sí sola una explicación completa de la extinción.

Los antepasados de los cocodrilos eran mucho más diversos

Aunque la imagen actual de los cocodrilos puede llevar a pensar que su linaje apenas ha cambiado desde la prehistoria, los pseudosuquios incluían en realidad animales con formas de vida muy distintas, tales como depredadores terrestres, especies herbívoras protegidas por pesadas armaduras y ejemplares de dimensiones gigantescas. Entre sus representantes más conocidos se encuentra el Sarcosuchus, un gran depredador que podía alcanzar unos 12 metros de longitud, y el Postosuchus, un cazador terrestre capaz de desplazarse tanto sobre dos patas como a cuatro extremidades; una extraordinaria diversidad que demuestra que la historia evolutiva del grupo fue muchísimo más compleja que la de los cocodrilos modernos.

Chiarenza ha destacado que sus antepasados abarcaban desde gigantes comparables en longitud a un autobús hasta animales pequeños con rasgos faciales que recuerdan a los de un pug. Pese a esa diversidad anatómica y ecológica, la relación con el clima parece haber mantenido una continuidad notable.

La excepción más llamativa identificada por los investigadores se produjo en Australia hace unos 34 millones de años. Un grupo extinguido desarrolló adaptaciones a condiciones más secas, en un periodo de enfriamiento prolongado en el que disminuyeron las precipitaciones y el continente se volvió más árido. El caso muestra que la preferencia por ambientes cálidos no impidió toda adaptación a otros escenarios, aunque estas desviaciones fueron menos habituales.

Los propios autores advierten de que la temperatura, por sí sola, no explica por qué sobrevivieron los cocodrilos, sugiriendo que otros rasgos biológicos pudieron contribuir a su resistencia frente a la crisis del final del Cretácico. Entre ellos figuran el menor tamaño corporal de algunas especies, su forma de vida semiacuática, la flexibilidad de su alimentación y sus necesidades energéticas relativamente bajas. En su condición de animales ectotermos —cuya temperatura corporal depende en gran medida del entorno—, los cocodrilos no necesitan gastar tanta energía como los mamíferos para mantener una temperatura interna constante.

Estas características pudieron resultar ventajosas cuando la producción de alimentos disminuyó y las cadenas tróficas sufrieron alteraciones. No obstante, su importancia relativa varió probablemente entre especies y ecosistemas, por lo que no debe interpretarse como una fórmula universal de supervivencia.

El trabajo ofrece, por tanto, una explicación basada en la combinación de distribución geográfica, clima y características biológicas, cuya aportación principal consiste en mostrar que una preferencia ambiental sostenida durante millones de años pudo influir en las posibilidades de superar una extinción masiva. Asimismo, los investigadores relacionan sus resultados con los desafíos que afrontan las especies contemporáneas: si los cocodrilos han respondido históricamente a las variaciones climáticas desplazándose hacia hábitats adecuados, la posibilidad de moverse libremente puede ser un factor crucial para su supervivencia futura.

Sin embargo, el escenario actual presenta una diferencia sustancial respecto a muchos cambios del pasado: las carreteras, las explotaciones agrícolas, las ciudades y otras transformaciones humanas fragmentan los territorios y dificultan la conexión entre hábitats. Aunque el calentamiento global pueda modificar la distribución de las zonas térmicamente favorables, no garantiza que los animales puedan alcanzarlas o establecerse en ellas.

Philip Mannion, profesor de Ciencias de la Tierra en UCL, subrayó que las especies actuales necesitarán espacio para desplazarse a medida que cambie el clima. La pérdida de áreas naturales y la fragmentación del territorio pueden limitar esa capacidad, incluso cuando las temperaturas resulten adecuadas. @mundiario 

por Mundiario