Internet se ha convertido en una biblioteca infinita donde buena parte de los libros los escriben máquinas. La inteligencia artificial crea imágenes, vídeos y audios que imitan la realidad con una fidelidad cada vez mayor. Pero esto no es solo un desafío tecnológico: es un reto para nuestra percepción y confianza.
Un estudio de The Care Side, que evaluó a más de 3.000 personas, mostró que los jóvenes menores de 29 años identifican aproximadamente ocho de cada diez deepfakes, mientras que los mayores de 65 solo aciertan la mitad, muchas veces por azar. Esto no significa que la edad sea el único factor: la atención, la concentración y la educación digital son esenciales para discernir lo veraz de lo fabricado.
El fraude evoluciona y la IA lo potencia
Los delincuentes están utilizando la IA para diseñar estafas cada vez más convincentes. Voces replicadas de directivos pidiendo transferencias, vídeos que simulan declaraciones públicas o imágenes falsas de personas conocidas son solo la punta del iceberg. Hervé Lambert, de Panda Security, vivió en primera persona cómo una llamada con voz suplantada intentó manipularle.
Este tipo de experiencias evidencia que, más allá de las generaciones, el riesgo es general: la IA sabe aprovechar los momentos en los que estamos distraídos o realizando varias tareas a la vez, multiplicando la vulnerabilidad de cualquier usuario.
Educar en escenarios reales es la mejor defensa
Existen herramientas para detectar la participación de la IA, pero ninguna garantiza seguridad total. La clave está en la educación práctica: aprender a verificar fuentes, desconfiar de mensajes con carga emocional o urgencia injustificada y confirmar siempre la información con personas de confianza. Por ejemplo, Lambert estableció con sus hijos una palabra clave secreta para validar que cualquier comunicación durante sus viajes fuera auténtica.
Además, conocer las señales de alerta según el tipo de contenido ayuda: textos con saludos genéricos o errores, imágenes con reflejos extraños o manos malformadas, audios con pausas antinaturales y vídeos con movimientos incoherentes del rostro son pistas valiosas. La formación no solo reduce riesgos, sino que desarrolla un sano cinismo protector frente a la comunicación digital, algo cada vez más necesario.
La realidad digital se parece a un espejo roto: refleja la verdad, pero la fragmenta con ilusiones convincentes. Ignorar esta amenaza es regalar terreno a quienes buscan engañarnos. Por eso, es fundamental integrar la alfabetización digital en nuestra vida cotidiana y profesional, enseñar a detectar señales de alerta y mantener una actitud crítica constante. La combinación de conciencia, educación y verificación de información es la defensa más sólida que tenemos frente a los deepfakes, y es una responsabilidad de todos, no solo de los expertos en ciberseguridad. La IA está aquí para quedarse, pero también nuestra capacidad para discernir puede adaptarse y fortalecerse. @mundiario