Abrir una aplicación para ligar como Tinder debería ser un acto de exploración personal y social, un lugar para mostrar quiénes somos y lo que buscamos. Sin embargo, un estudio reciente de la Universitat Oberta de Catalunya revela que, en realidad, tendemos a presentarnos de formas sorprendentemente homogéneas. Alejandro García Alamán y su equipo del CIRCLE Lab analizaron mil perfiles del área de Barcelona y encontraron que la mayoría de los usuarios repite patrones visuales al elegir sus fotos.
La decisión sobre qué foto subir no es tan libre como parece. La foto “perfecta” suele ser un retrato de medio cuerpo mirando a cámara, en entornos urbanos o domésticos, con una sonrisa o mirada segura. Otras fórmulas frecuentes incluyen mirar hacia otro lado, posar con gafas de sol o mostrar actividades de ocio como senderismo o playa. La intención no es tanto reflejar la personalidad real, sino lo que creemos que atraerá más. Este fenómeno confirma lo que muchos usuarios ya intuían: nuestra autenticidad se diluye cuando nos enfrentamos a la presión de ser deseables en pocos segundos.
Gustar antes que ser uno mismo
El estudio pone de relieve un aspecto psicológico fundamental: en aplicaciones de citas, la deseabilidad social prima sobre la autenticidad. Como explica García Alamán, elegimos estrategias que maximizan nuestra aceptación y minimizan el riesgo de rechazo. En otras palabras, nos mostramos conservadores y uniformes para encajar, dejando de lado los rasgos más originales o polémicos de nuestra personalidad.
Este comportamiento tiene consecuencias emocionales. La “fatiga del swipe”, el hastío de pasar de un perfil a otro sin conexiones reales, es un síntoma creciente entre los usuarios. Muchos confiesan sentir frustración, decepción y agotamiento emocional, un patrón que recuerda al burnout laboral. La paradoja es evidente: volvemos a la app una y otra vez, aunque nos genere malestar. La tecnología, que prometía acercarnos, también nos condiciona a presentarnos bajo cánones invisibles que definimos colectivamente, como un arte medieval de autopresentación digital.
La edad y la presión de la imagen
Otro hallazgo relevante es la influencia de la edad sobre la forma de mostrarnos. Con el tiempo, la preocupación por la apariencia corporal se intensifica. Arrugas, calvicies o cambios físicos se camuflan con filtros, posturas estratégicas o selección cuidadosa de escenarios. La imagen se convierte así en un mensaje codificado: salud, sociabilidad, estilo de vida y erotismo. Incluso los gestos más cotidianos, como posar con un perro o practicar yoga, transmiten información sobre nuestra vida y valores, de manera consciente o no.
Esto nos lleva a reflexionar sobre cómo la digitalización del deseo redefine la intimidad. No es solo un tema de estética, sino de cómo nos percibimos y queremos ser percibidos. Las aplicaciones para ligar nos enseñan que el riesgo de mostrar vulnerabilidad o singularidad es alto, y que la uniformidad se percibe como seguridad y aceptación.
En última instancia, esto plantea preguntas sobre la autenticidad en nuestras relaciones: ¿cómo encontrar a alguien que nos quiera por lo que somos si nos enseñamos solo lo que creemos socialmente aceptable? La solución no es abandonar la tecnología, sino usarla con consciencia, equilibrando la imagen que proyectamos con la transparencia emocional. Las relaciones auténticas requieren un paso más allá de los filtros y poses: la valentía de mostrarse imperfecto y real, aun cuando las reglas invisibles del algoritmo parezcan premiar otra cosa. @mundiario