El tomate que llega al supermercado empieza mucho antes de la cosecha y, cada vez más, también comienza frente a una pantalla. La producción moderna está incorporando sensores, sistemas de riego de precisión, cultivos protegidos, injertos, bioinsumos y herramientas digitales capaces de medir en tiempo real qué necesita una planta. El objetivo ya no es simplemente producir más tomates, sino conseguir una cosecha estable utilizando menos agua, fertilizantes y productos fitosanitarios. Esa transformación responde a una realidad que afecta a toda la agricultura: el clima es más imprevisible, los recursos son más costosos y los consumidores demandan alimentos de calidad. El tomate se ha convertido así en un laboratorio perfecto para comprobar hasta dónde puede llegar la agricultura tecnológica.
Una de las transformaciones más visibles ocurre dentro de los invernaderos. Estos espacios permiten reducir la exposición directa del cultivo a determinadas condiciones climáticas y controlar con mayor precisión variables como temperatura, humedad, ventilación y disponibilidad de agua. La producción bajo cubierta también puede ampliar las ventanas de cosecha y facilitar un manejo más estable. En Argentina ya existen experiencias que avanzan en esa dirección. En Misiones, por ejemplo, un centro tecnológico está desarrollando producción intensiva de tomate cherry bajo cubierta con injertos, fertirrigación y riego por goteo. El proyecto busca validar un modelo que posteriormente pueda ser transferido a productores de la región.
El agua ocupa un lugar central en esta revolución agrícola. El riego por goteo permite suministrar agua directamente en la zona de las raíces y reducir pérdidas asociadas a sistemas menos precisos. Cuando además se incorpora fertirrigación, los nutrientes pueden administrarse junto con el agua en función de las necesidades del cultivo. Esto cambia una lógica histórica de la agricultura: en lugar de aportar grandes cantidades de recursos y esperar que la planta aproveche una parte, se intenta entregar cantidades más ajustadas y en el momento adecuado. En regiones donde el agua es un recurso limitado, esta eficiencia deja de ser solamente una ventaja económica y se convierte en una cuestión ambiental.
Los sensores llevan esa precisión a otro nivel. La agricultura protegida puede incorporar dispositivos capaces de registrar humedad del suelo, temperatura, conductividad eléctrica, niveles de determinados nutrientes y otras variables relacionadas con el estado de la planta. Estos datos permiten detectar desviaciones antes de que sean visibles para el productor. En La Plata, una experiencia impulsada por especialistas del INTA y la Universidad Nacional de La Plata incorporó un monitoreo intensivo del cultivo de tomate, con seguimiento de variables fisiológicas, nutricionales, fitosanitarias y relacionadas con el agua. El objetivo es construir un sistema productivo más eficiente y sostenible mediante información concreta en lugar de decisiones basadas exclusivamente en la observación.
La tecnología también está cambiando la genética y la estructura misma de las plantas utilizadas para producir. El injerto consiste en combinar partes de plantas diferentes para aprovechar determinadas características, como una mayor resistencia frente a problemas sanitarios o una mejor adaptación del sistema radicular. En el cultivo intensivo de tomate, esta herramienta puede contribuir a prolongar la vida productiva de las plantas y mejorar la estabilidad del rendimiento. En Misiones, el modelo tecnológico desarrollado para tomate cherry utiliza precisamente plantas injertadas como parte de una estrategia que combina genética, manejo y control preciso del agua y los nutrientes. El resultado demuestra que la innovación agrícola no depende de una sola máquina, sino de la combinación de diferentes tecnologías.
Del invernadero inteligente al tomate de precisión
Los bioinsumos representan otra de las grandes líneas de transformación. En lugar de depender exclusivamente de productos químicos convencionales, la agricultura está investigando y utilizando soluciones biológicas destinadas a mejorar la nutrición de las plantas, estimular determinados mecanismos naturales o contribuir al manejo de enfermedades y plagas. En el proyecto desarrollado en La Plata se está validando un protocolo que combina bioinsumos con manejo integrado y seguimiento detallado del cultivo. La tendencia es significativa porque conecta productividad y sostenibilidad: la pregunta ya no es solamente cuánto puede producir una hectárea, sino qué cantidad de recursos necesita para hacerlo.
El cambio climático está acelerando esta búsqueda. El calor extremo, las alteraciones en las precipitaciones y la aparición o expansión de determinadas plagas pueden afectar seriamente el rendimiento de los cultivos. El tomate es especialmente sensible a las condiciones ambientales durante diferentes etapas de su desarrollo. Controlar parcialmente el entorno mediante invernaderos y disponer de información sobre el estado de las plantas permite reaccionar con mayor rapidez. No elimina el riesgo climático, pero puede reducir la exposición y mejorar la capacidad de adaptación. En la agricultura del futuro, producir alimentos significará cada vez más aprender a gestionar la incertidumbre.
La inteligencia artificial puede convertirse en la siguiente pieza del sistema. Las cámaras y sensores generan enormes cantidades de información sobre las plantas, y los algoritmos pueden utilizar esos datos para identificar patrones relacionados con enfermedades, estrés hídrico, crecimiento o maduración. La posibilidad de detectar una anomalía antes de que se extienda por un cultivo tiene un valor económico considerable. También puede permitir aplicar tratamientos de forma localizada, reduciendo el uso innecesario de insumos. Sin embargo, el desafío no consiste en sustituir al agricultor por una máquina, sino en convertir la tecnología en una herramienta que amplíe su capacidad para tomar decisiones.
Esta transformación también plantea una cuestión económica. La agricultura tecnológica puede aumentar la eficiencia, pero muchas de sus herramientas requieren inversión inicial, capacitación y mantenimiento. Un gran productor puede disponer de sensores, automatización y sistemas de análisis de datos con mayor facilidad que un pequeño agricultor. Por eso, la transferencia tecnológica y los centros demostrativos adquieren especial importancia. La experiencia de Misiones busca precisamente validar un modelo y generar conocimiento que pueda ser trasladado a productores locales, mientras que el proyecto de La Plata articula instituciones científicas y empresas alrededor de una experiencia productiva real. La innovación solo transforma un sector cuando consigue salir del laboratorio y llegar al campo.
El futuro del tomate probablemente no estará determinado por una única tecnología, sino por la integración de todas ellas. Una planta podrá crecer en un invernadero donde sensores registren constantemente las condiciones ambientales, un sistema de riego administre agua y nutrientes de forma precisa, cámaras analicen su estado y algoritmos ayuden a anticipar problemas. Los agricultores seguirán siendo necesarios, pero su trabajo estará cada vez más acompañado por datos. El gran cambio cultural consiste en pasar de una agricultura que reacciona ante los problemas a otra que intenta anticiparlos. Y en un mundo que necesita producir más alimentos con recursos limitados, esa diferencia puede ser decisiva.
El tomate se convierte así en un ejemplo de una transformación mucho mayor que está ocurriendo en el campo. La agricultura del futuro no será necesariamente aquella que utilice más tecnología, sino la que consiga utilizarla con sentido para producir alimentos de forma más eficiente, rentable y sostenible. Sensores, riego de precisión, genética, bioinsumos e inteligencia artificial representan herramientas diferentes para responder a un mismo desafío: alimentar a una población creciente en un planeta con recursos limitados. El verdadero salto tecnológico no estará en conseguir un tomate más sofisticado, sino en producir cada fruto utilizando menos agua, menos recursos y menos incertidumbre. @mundiario