El campo español llega al final del verano con la sensación de haber atravesado una carrera de obstáculos sin meta. En apenas ocho meses, agricultores y ganaderos han tenido que hacer frente a una sucesión de fenómenos meteorológicos extremos que han golpeado cosechas, animales e infraestructuras. Lo que antes podía interpretarse como un episodio puntual de mala suerte empieza a dibujar un escenario diferente: una agricultura obligada a convivir con un clima cada vez más imprevisible.
Las explotaciones han pasado de temer la falta de agua a sufrir el exceso de lluvias, después las heladas, más tarde el granizo y finalmente temperaturas que han convertido muchas zonas rurales en territorios de máxima tensión. A esta cadena de adversidades se han sumado los incendios forestales, que han añadido nuevas pérdidas económicas y han dejado a muchas familias del sector calculando cómo sobrevivir a la próxima campaña.
“Esto ya no es una anomalía pasajera, sino una crisis estructural. Las condiciones para producir alimentos hoy son completamente distintas a las de nuestros padres o abuelos”, advierte Cristóbal Cano, secretario general de la organización agraria UPA. Su diagnóstico resume una preocupación cada vez más extendida: el problema ya no es solo cuánto produce el campo, sino si podrá seguir haciéndolo en las mismas condiciones.
Según los datos de Agroseguro, hasta finales de julio se habían registrado daños en 1,2 millones de hectáreas y las indemnizaciones alcanzaban los 374 millones de euros. Aunque las cifras todavía no igualan el récord de pérdidas de 2023, cuando las compensaciones superaron los 1.200 millones de euros, el año agrícola todavía no ha terminado y quedan campañas decisivas como las del olivar, los cítricos, el caqui o el viñedo.
Un año agrícola marcado por la sucesión de golpes
El inicio de 2026 estuvo marcado por unas lluvias que, tras varios años de sequía, eran esperadas con esperanza por muchos productores. Sin embargo, la intensidad y persistencia de las borrascas atlánticas acabaron convirtiendo el alivio en un nuevo problema. En algunas zonas, los suelos no pudieron absorber tanta agua y los sistemas de drenaje quedaron superados.
Según señala El País, uno de los ejemplos más claros fue Huelva, donde el sector de los frutos rojos sufrió importantes daños al comienzo de la campaña. Más de 11.650 hectáreas de fresón y otros cultivos resultaron afectadas por inundaciones, exceso de humedad y fuertes vientos que dañaron estructuras de protección. Para un sector que depende de una ventana comercial muy limitada, perder parte de la producción inicial supone un impacto difícil de recuperar.
Después llegaron las heladas de marzo. El descenso brusco de temperaturas afectó a más de 56.000 hectáreas y golpeó especialmente a cultivos que se encontraban en plena floración. Almendros, melocotoneros y otros frutales vieron comprometida su producción justo en el momento más delicado del ciclo agrícola.
Del granizo al calor extremo: una agricultura sin margen de reacción
La primavera tampoco ofreció estabilidad. Las tormentas de granizo dañaron viñedos y frutales mientras el calor comenzaba a acelerar los ciclos de los cultivos. En cuestión de semanas, muchos agricultores pasaron de preocuparse por las bajas temperaturas a enfrentarse a máximas superiores a los 40 grados.
El cereal fue uno de los grandes perjudicados. Castilla y León, una de las principales zonas productoras de España, cerró la campaña con una reducción significativa de la cosecha respecto al año anterior. El calor llegó en fases críticas y provocó que el grano madurase demasiado rápido, reduciendo los rendimientos.
“Antes la recolección de cereales se llevaba un mes de diferencia entre pueblos; hoy cosechamos todo a la vez por la rapidez con la que madura el grano con estos golpes de calor”, explica Óscar Salazar, agricultor de La Rioja, que calcula pérdidas importantes en sus cultivos de girasol.
La situación también ha afectado a sectores estratégicos como el vino y el aceite. En Málaga, algunos viticultores han estimado pérdidas superiores al 40% en la uva moscatel, mientras en Jaén el calor ha puesto en riesgo parte de la floración del olivar, un cultivo clave para la economía de numerosas localidades.
El verano convierte los incendios en otra amenaza para el campo
Con la llegada del verano apareció un nuevo enemigo: el fuego. Las altas temperaturas y la falta de humedad favorecieron la propagación de incendios que no solo han destruido superficie forestal, sino también explotaciones agrícolas y ganaderas.
Hasta mediados de agosto, Agroseguro había recibido partes por más de 15.800 hectáreas agrícolas afectadas por incendios. Los daños han alcanzado cultivos herbáceos, viñedos, olivares, cítricos, frutos secos y explotaciones ganaderas. En Castellón, por ejemplo, las llamas arrasaron miles de hectáreas productivas y provocaron pérdidas millonarias tanto en cosechas como en infraestructuras.
Para los ganaderos, el verano ha abierto además una crisis silenciosa: la falta de pastos. En Galicia, Asturias, Cantabria y otras zonas del norte, la ausencia de lluvias y las altas temperaturas han reducido drásticamente la disponibilidad de alimento natural para el ganado.
“Llevamos ya tirando de reservas de invierno desde mediados de julio porque no hay pasto en los prados”, explica Isabel Vilalba Seivane, ganadera gallega y miembro de la ejecutiva de COAG. El problema es que recurrir antes de tiempo al forraje implica aumentar los costes en un momento en el que muchas explotaciones ya acumulan pérdidas.
La ganadera María Osorio, dedicada al vacuno de carne en Os Ancares (Lugo), alerta, al diario antes mencionado, también del impacto del calor sobre los animales. El estrés térmico reduce su alimentación y debilita sus defensas, generando problemas sanitarios adicionales.
El precio de una crisis que afecta más allá del campo
Las consecuencias de este año extremo no se quedan en las explotaciones. La reducción de cosechas, el aumento de costes y la incertidumbre productiva pueden terminar trasladándose a los consumidores mediante precios más altos de algunos alimentos.
Desde Agroseguro, su director general, Sergio de Andrés Osorio, insiste en que la situación responde a una tendencia creciente: “No hablamos de un año catastrófico aislado, sino de una tendencia creciente y continua que nos sitúa en el periodo de mayor siniestralidad acumulada de nuestra historia”.
El sector reclama que la respuesta deje de centrarse únicamente en ayudas después de cada desastre y avance hacia una estrategia permanente de adaptación climática. Para agricultores y ganaderos, el desafío ya no es recuperar la normalidad perdida, sino aprender a producir en un escenario donde la excepcionalidad empieza a convertirse en rutina.
“El campo no puede seguir afrontando cada emergencia como si fuera la última”, reclama Isabel Vilalba. La pregunta que queda sobre la mesa es si España está preparada para proteger un modelo agrícola que durante generaciones ha dependido de unos patrones climáticos que ya no parecen existir. @mundiario