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Animales

El impacto humano ha desgastado la salud genética de los abejorros: el ADN revela un siglo de declive

Diego Tudares
21/09/2026 03:37:00

El deterioro de la biodiversidad suele medirse contando especies, poblaciones o individuos. Pero existe otra dimensión menos visible y, en determinados casos, igual de importante: lo que está ocurriendo dentro de los genes. Un nuevo estudio sobre el abejorro cardador de musgo, Bombus muscorum, muestra hasta qué punto los cambios ambientales producidos durante el último siglo pueden dejar una huella profunda en el patrimonio genético de una especie.

La investigación, publicada el 17 de septiembre en Molecular Biology and Evolution, analizó ADN procedente de ejemplares conservados en museos británicos. Los investigadores estudiaron 130 especímenes inicialmente identificados como abejorros cardadores de musgo, recogidos entre 1890 y 2019. El análisis genético permitió confirmar que 101 pertenecían realmente a Bombus muscorum: otros 29 correspondían a especies próximas que habían sido identificadas erróneamente.

La diversidad genética del abejorro disminuyó aproximadamente un 24,6 % entre los periodos anteriores a 1926 y posteriores a 1975 en el conjunto de Gran Bretaña, según la medida de heterocigosidad utilizada por los investigadores. En Inglaterra y Gales, además, los segmentos del genoma asociados a la homocigosidad aumentaron 2,86 veces, un patrón compatible con poblaciones cada vez más pequeñas, aisladas y sometidas a mayor endogamia. 

La importancia del hallazgo está precisamente en que una población puede deteriorarse genéticamente antes de desaparecer. Cuando un territorio dispone de numerosas poblaciones conectadas, los individuos pueden desplazarse, reproducirse entre grupos y mantener un intercambio de genes relativamente amplio. Cuando el paisaje se fragmenta, ese flujo disminuye.

El Bombus muscorum fue históricamente mucho más extendido por las islas británicas. Dependía de praderas ricas en flores, marismas, brezales y otros espacios abiertos capaces de proporcionar alimento y lugares adecuados para completar su ciclo vital. Con la transformación del territorio, la intensificación agrícola y el drenaje de humedales, sus poblaciones se han reducido y han quedado concentradas en determinadas zonas costeras y en las islas y regiones septentrionales de Escocia.

La conexión entre ambos fenómenos es fundamental. Menos hábitat significa menos individuos; hábitats separados significan menos contacto entre poblaciones. Y poblaciones pequeñas y aisladas tienen mayores probabilidades de reproducirse entre individuos genéticamente próximos. El resultado puede ser un aumento de la homocigosidad y una reducción de la diversidad.

La investigación no pretende atribuir cada cambio genético a una única causa. Los propios autores señalan varios factores potencialmente implicados, entre ellos la expansión agrícola, la reducción de hábitats adecuados, la pérdida de diversidad floral, el uso de pesticidas y el cambio climático. El estudio demuestra una asociación temporal y espacial entre el deterioro poblacional y la erosión genética, pero no convierte cada uno de esos factores en una causa aislada demostrada experimentalmente.

Qué significa perder diversidad genética

La diversidad genética funciona como un repertorio de variantes biológicas. No significa que cada variante sea necesariamente beneficiosa, pero una población genéticamente diversa dispone de más posibilidades para responder a cambios ambientales, enfermedades, parásitos o alteraciones climáticas.

Por eso resulta especialmente relevante la explicación ofrecida por Victoria Mullin, coautora del trabajo, al comparar el genoma con una "caja de herramientas": cuanto menor es la diversidad genética, menor puede ser el número de respuestas disponibles frente a nuevas presiones ambientales.

La cuestión adquiere mayor importancia en un contexto en el que los polinizadores ya están expuestos simultáneamente a múltiples factores de estrés. Una población que pierde diversidad genética no está condenada automáticamente a desaparecer, pero puede quedar en una situación más vulnerable ante perturbaciones futuras.

El estudio tampoco permite afirmar que estos abejorros hayan perdido ya una determinada capacidad concreta para resistir una enfermedad o adaptarse a una temperatura específica. Ese tipo de conclusión requeriría investigaciones adicionales. Lo que sí muestra es una erosión genómica significativa y sostenida durante décadas.

Uno de los aspectos más reveladores aparece al comparar las distintas regiones británicas. El deterioro genético resulta particularmente acusado en Inglaterra y Gales, donde las poblaciones actuales están más fragmentadas. En Escocia, aunque la especie también afronta problemas de conservación, determinadas poblaciones mantienen niveles de diversidad genética comparables a los de muestras históricas.

Los investigadores relacionan esta diferencia con la existencia de áreas de hábitat más extensas y conectadas, especialmente en regiones como las Hébridas Exteriores. Allí todavía existen superficies de praderas y espacios abiertos ricos en flores que pueden facilitar el movimiento de los abejorros entre poblaciones.

El contraste ofrece, por tanto, una especie de experimento natural. Allí donde el paisaje conserva conexiones, el aislamiento genético parece menor; donde las poblaciones han quedado convertidas en pequeños enclaves separados, la erosión genética es más pronunciada.

Quizá la parte más novedosa del estudio sea la utilización de las colecciones históricas. Un ejemplar de insecto conservado durante décadas en un museo deja de ser únicamente una pieza de colección y puede convertirse en una fotografía genética del pasado. En este caso, los investigadores pudieron comparar individuos recogidos a finales del siglo XIX y principios del XX con otros obtenidos muchas décadas después. Sin esos especímenes habría sido mucho más difícil determinar cuál era el nivel de diversidad genética original de la especie.

El trabajo también demuestra el valor de contar con genomas de referencia. El proyecto Darwin Tree of Life, cuyo objetivo es secuenciar los genomas de más de 70.000 especies del Reino Unido, permitió disponer de herramientas para identificar con mayor precisión a una especie especialmente difícil de distinguir de sus parientes próximos. De los 130 ejemplares inicialmente clasificados como Bombus muscorum, 29 resultaron pertenecer a otras especies.

El desafío para la conservación

El hallazgo tiene consecuencias que van más allá del abejorro. Si las colecciones permiten reconstruir la evolución genética de una especie durante más de un siglo, los museos pueden convertirse en auténticos archivos históricos de la biodiversidad.

La investigación abre además una cuestión más compleja: conservar ejemplares vivos no siempre equivale a conservar toda su diversidad genética. Cuando una población queda aislada durante mucho tiempo, proteger físicamente el último enclave puede no ser suficiente para recuperar el flujo genético perdido.

Los autores plantean que, en determinadas circunstancias, podría estudiarse la denominada transferencia asistida de genes, introduciendo individuos de otras poblaciones para aumentar la diversidad. Pero no se trata de una solución automática. Antes habría que evaluar la compatibilidad genética, el estado del hábitat y riesgos como la transmisión de enfermedades.

Por eso el estudio sitúa el problema en un nivel anterior: recuperar y conectar los hábitats continúa siendo una cuestión central. El ADN está registrando las consecuencias de un proceso que comenzó mucho antes de que los científicos pudieran medirlo directamente. @mundiario

por Mundiario