La tecnología siempre prometió ampliar libertades, pero en la antesala de 2026 comienza a mostrar con crudeza su reverso: la identidad humana se ha convertido en el nuevo territorio en disputa. No se trata solo de servidores vulnerables o contraseñas robadas, sino del uso y abuso del rostro, la voz, los gestos y los hábitos cotidianos como materia prima del fraude digital.
La inteligencia artificial, que hasta hace poco se asociaba a productividad y automatización, empieza a operar como una fuerza ambivalente. Del mismo modo que refuerza la defensa, potencia ataques más rápidos, personalizados y difíciles de detectar. El resultado es un escenario donde la veracidad deja de ser un supuesto y la seguridad se transforma en un proceso permanente de adaptación.
Deepfakes: cuando la prueba deja de ser prueba
Los llamados deepfakes videos y audios generados artificialmente con un realismo inquietante— ya no son una curiosidad tecnológica ni un problema marginal. Se consolidan como una amenaza estructural, especialmente en regiones donde el desconocimiento sigue siendo alto. En América Latina, una mayoría de usuarios aún no identifica este tipo de contenidos, lo que los vuelve especialmente vulnerables a estafas financieras, suplantaciones y manipulaciones reputacionales.
El riesgo no reside solo en la falsificación, sino en su impacto cultural: cuando cualquier imagen puede ser falsa, también se erosiona la confianza en las auténticas. La duda permanente se convierte en una forma de desgaste social.
La biometría, entre la solución y el conflicto
Frente a este avance, la industria tecnológica impulsa sistemas de verificación cada vez más sofisticados: reconocimiento facial, análisis de voz, huellas digitales y, más recientemente, biometría conductual, capaz de identificar a una persona por cómo escribe o mueve el mouse. Estas herramientas prometen frenar el fraude, pero abren un debate delicado: ¿quién controla esos datos y bajo qué reglas?
Gobiernos de distintos países avanzan en identidades digitales nacionales con la promesa de mayor inclusión y seguridad. Sin embargo, la concentración de información biométrica plantea desafíos regulatorios profundos. La protección del consentimiento, la trazabilidad del uso y la soberanía de los datos se convierten en cuestiones políticas, no solo técnicas.
Ataques a velocidad de máquina
Otro rasgo distintivo del nuevo escenario es la automatización total del delito. Los atacantes ya no necesitan creatividad constante: optimizan, escalan y perfeccionan técnicas probadas mediante agentes de IA capaces de ejecutar ataques completos sin intervención humana. El tiempo entre la intrusión y el daño se mide ahora en minutos.
Esta dinámica obliga a las organizaciones a responder con la misma lógica: defensas automatizadas, detección continua y decisiones a “velocidad de máquina”. La ciberseguridad deja de ser un área de soporte y pasa a convertirse en un factor central de continuidad del negocio y reputación corporativa.
Ransomware sin cifrado y extorsión reputacional
El ransomware también muta. A medida que mejoran los sistemas de respaldo, el cifrado pierde eficacia como herramienta de presión. En su lugar, gana terreno la extorsión basada en el robo y la amenaza de exposición pública de datos sensibles. El daño ya no es técnico, sino reputacional, legal y regulatorio.
La información robada se analiza y monetiza casi en tiempo real, priorizando víctimas con mayor capacidad de pago o impacto mediático. En este contexto, pagar o no pagar rescates deja de ser una decisión puramente operativa y se convierte en un dilema ético y estratégico.
Seguridad física y digital: una frontera que desaparece
Otro cambio clave es la convergencia entre seguridad digital y física. Cámaras inteligentes, sensores conectados y análisis predictivo integran un mismo ecosistema donde los datos fluyen sin distinción entre lo virtual y lo material. Esta fusión promete eficiencia, pero amplía la superficie de ataque y exige una ética del dato más rigurosa.
Incluso la infraestructura que sostiene Internet entra en el radar: cables submarinos, satélites y centros de datos concentran riesgos geopolíticos en un mundo cada vez más dependiente de la nube y de aplicaciones basadas en IA.
Gobernanza, resiliencia y una pregunta de fondo
Más allá de las soluciones técnicas, el debate de fondo es cultural y político. La resiliencia ya no se mide solo por la capacidad de prevenir ataques, sino por la habilidad de seguir operando cuando la confianza se rompe. Regulaciones más estrictas, exigencias de transparencia y nuevos marcos de responsabilidad comienzan a emerger, aunque de forma desigual entre regiones.
En este nuevo orden digital, la ventaja competitiva no estará en prometer seguridad absoluta, una ilusión cada vez más evidente, sino en construir sistemas, organizaciones y sociedades capaces de convivir con la incertidumbre sin renunciar a derechos fundamentales.
Porque si el rostro se convierte en contraseña y la voz en evidencia, la pregunta ya no es solo cómo proteger la tecnología, sino cómo proteger la identidad en un mundo donde lo real puede ser replicado con un clic. @mundiario