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Cultura

La razón es solo la coartada elegante de nuestras pasiones más primitivas

Julián Arroyo
13/03/2026 21:38:00

La afirmación “La razón debe someterse a las pasiones” plantea una inversión provocadora del orden tradicional entre pensamiento y emoción. Habitualmente se considera que la razón es la facultad que debe gobernar la conducta humana, moderando los impulsos y orientando las decisiones hacia lo correcto o conveniente. Sin embargo, esta frase sugiere que son las pasiones —los deseos, las emociones, las inclinaciones profundas— las que deben ocupar el lugar central, mientras que la razón tendría un papel secundario, subordinado a ellas.

Entendida así, la razón no desaparece, sino que se convierte en un instrumento al servicio de aquello que realmente mueve al ser humano. Desde esta perspectiva, las pasiones no son un obstáculo, sino la fuerza vital que impulsa la acción, y la razón actúa como guía técnica para alcanzar lo que el corazón anhela.

El texto invita, por tanto, a reconsiderar la relación entre emoción y pensamiento: no se trata de eliminar la racionalidad, sino de reconocer que las decisiones más auténticas nacen de aquello que nos afecta profundamente. La frase abre así un debate sobre la naturaleza humana y sobre si la vida debe orientarse desde la fría lógica o desde la intensidad de los deseos que nos constituyen.

Desde la perspectiva de David Hume, la afirmación expresa una de las tesis más radicales y originales de su filosofía moral. Para Hume, la razón no es la fuerza que gobierna la conducta humana, sino una facultad limitada cuya función principal es instrumental: calcular medios, establecer relaciones de causa y efecto, y organizar la información que recibimos del mundo. Las pasiones, en cambio, son las verdaderas motivaciones de la acción, aquello que nos mueve de manera inmediata y decisiva.

Por eso Hume sostiene que la razón es y debe ser “esclava de las pasiones”, no porque desprecie la racionalidad, sino porque reconoce que ningún razonamiento, por perfecto que sea, puede generar por sí mismo un impulso para actuar. La razón puede indicarnos cómo alcanzar un fin, pero nunca puede determinar cuál debe ser ese fin; este proviene siempre de un deseo, una inclinación o un sentimiento.

Hume sostiene que la razón debe someterse a las pasiones porque, en su análisis de la naturaleza humana, descubre que la razón carece de fuerza motivadora propia. Para él, la razón solo puede establecer relaciones entre ideas o hechos, pero nunca generar por sí misma un impulso para actuar. Ningún razonamiento, por muy correcto que sea, puede mover la voluntad si no está acompañado de un deseo o una inclinación previa. Por eso afirma que la razón es “esclava” de las pasiones: su función es meramente instrumental, limitada a mostrar los medios adecuados para alcanzar fines que no provienen de ella, sino de los sentimientos.

La tesis de Hume según la cual la razón debe someterse a las pasiones se comprende plenamente cuando se sitúa dentro del marco del empirismo británico. Esta corriente, desarrollada por pensadores como Locke, Berkeley y el propio Hume, sostiene que todo conocimiento procede de la experiencia sensible y que la mente no posee ideas innatas. Desde esta perspectiva, la razón no es una facultad autónoma capaz de dictar principios universales, sino una operación derivada de impresiones y percepciones previas.

Las pasiones, al ser impresiones vivas y originarias, tienen una fuerza que la razón —reducida a un mecanismo de comparación y cálculo— no puede igualar. Así, la subordinación de la razón a las pasiones no es un capricho teórico, sino la conclusión lógica de un empirismo radical que entiende al ser humano como un conjunto de percepciones en constante flujo.

En este sentido, Hume no rompe con el empirismo británico, sino que lo profundiza: si todo procede de la experiencia, también la moral y la acción deben fundarse en aquello que experimentamos de manera más inmediata, es decir, en los sentimientos. La razón, lejos de ser una instancia soberana, se convierte en una herramienta secundaria que organiza, pero no origina, los impulsos que realmente determinan nuestra vida práctica.

La influencia de Hume en la ética contemporánea es profunda, y su tesis sobre la primacía de las pasiones sigue resonando en múltiples corrientes actuales. Su idea de que los juicios morales se originan en sentimientos y no en razonamientos abstractos anticipa buena parte de la psicología moral moderna, que muestra empíricamente que las decisiones éticas suelen surgir de intuiciones afectivas rápidas, a las que la razón llega después para justificar. La razón, por sí sola, no basta para explicar por qué actuamos moralmente: los sentimientos siguen siendo el motor profundo de nuestras decisiones, y la racionalidad opera más como un instrumento que como un fundamento último. @mundiario

por KaiK.ai