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Educación

España reduce al 11,5% los jóvenes que ni estudian ni trabajan, mínimo desde 2002

María P. Martínez
20/05/2026 11:57:00

España ha pasado de símbolo del fracaso juvenil a ejemplo de recuperación silenciosa. Sin grandes titulares ni épica política, el país ha logrado reducir a mínimos históricos el porcentaje de jóvenes que ni estudian ni trabajan. Según los últimos registros de Eurostat, la proporción de personas de 15 a 29 años que ni están empleadas ni están cursando estudios se situó en 2025 en el 11,5%. El dato no solo es el más bajo desde que existen registros, sino que coloca a España a apenas medio punto de la media de la Unión Europea. Un giro de guion que obliga a revisar viejos relatos.

Durante años, la etiqueta de “generación perdida” acompañó a millones de jóvenes atrapados entre el paro masivo y el abandono escolar. Hoy, ese relato empieza a resquebrajarse. La fotografía actual muestra una juventud más formada, más activa y, aunque todavía precarizada, menos desconectada del sistema.

El cambio no ha sido repentino ni casual. Es el resultado de una década marcada por crisis sucesivas —financiera, sanitaria, energética— que, paradójicamente, han impulsado reformas estructurales en educación y empleo. España ha pasado de liderar los rankings negativos a situarse en una zona intermedia, más cercana al promedio europeo que a su propio pasado.

En 2013, en pleno impacto de la Gran Recesión, la tasa de jóvenes que ni estudiaban ni trabajaban alcanzó un alarmante 22,5%. Era el reflejo de un mercado laboral colapsado y de un sistema educativo incapaz de retener talento. Más de una década después, la cifra se ha reducido prácticamente a la mitad. La tendencia, además, es sostenida desde la salida de la pandemia. Pero detrás de los porcentajes hay algo más profundo: un cambio en la trayectoria vital de los jóvenes. Ya no abandonan los estudios con la misma facilidad, ni acceden al empleo en condiciones tan volátiles como antes. El sistema, aunque imperfecto, empieza a ofrecer más opciones.

El fin del estigma: de “ninis” a una generación en transición

El término nini ha sido durante años una etiqueta cargada de juicio moral. Simplificaba realidades complejas y colocaba el foco en los jóvenes, como si la inactividad fuera una elección y no, en muchos casos, una consecuencia.

Hoy, ese concepto pierde fuerza al mismo ritmo que mejoran los indicadores. Expertos y organizaciones juveniles insisten en que la categoría es injusta: incluye desde desempleados activos hasta cuidadores no remunerados o personas en situaciones de vulnerabilidad.

La caída del paro juvenil ha sido clave. Aunque sigue siendo elevado —en torno al 24%—, queda muy lejos del más del 50% que se registró en los peores años de la crisis. A esto se suma una reducción notable del abandono escolar, que ha pasado del 32% al 12,8%.

Este doble movimiento —más empleo y más formación— explica gran parte del avance. Pero también apunta a un cambio cultural: estudiar más tiempo ya no es una excepción, sino la norma.

La otra cara: los “sisis” y la precariedad persistente

Sin embargo, no todo es celebración. Mientras caen los “ninis”, crecen los llamados “sisis”: jóvenes que trabajan y estudian al mismo tiempo. Ya representan un tercio de los ocupados entre 16 y 29 años.

Este fenómeno, lejos de ser solo positivo, revela tensiones estructurales. Muchos jóvenes no eligen compatibilizar trabajo y estudios por ambición, sino por necesidad. El encarecimiento de la vivienda, los salarios bajos y la inestabilidad laboral empujan a prolongar esta doble carga.

La mejora cuantitativa, por tanto, convive con problemas cualitativos. Tener empleo ya no garantiza independencia ni estabilidad. La emancipación sigue siendo una meta lejana para buena parte de la juventud.

Europa como espejo: convergencia con matices

El acercamiento a la media europea es uno de los grandes hitos de este proceso. España ya está prácticamente alineada con el 11% de la UE, muy lejos de la brecha que llegó a duplicar esa cifra en la última crisis.

Además, el país ha dejado de estar en el grupo de cola. Estados como Rumanía, Bulgaria o Grecia presentan hoy tasas más elevadas. Incluso Francia supera ligeramente el dato español.

Pero la comparación también evidencia el margen de mejora. Países como Países Bajos, Suecia o Eslovenia mantienen cifras significativamente más bajas. La convergencia, aunque real, aún no es completa.

El reto pendiente: calidad frente a cantidad

La gran pregunta ya no es cuántos jóvenes estudian o trabajan, sino en qué condiciones lo hacen. La temporalidad, la parcialidad involuntaria y los bajos salarios siguen marcando el mercado laboral juvenil español.

Además, persisten desigualdades de género y de origen social. Las mujeres jóvenes continúan asumiendo más responsabilidades de cuidado, lo que limita sus oportunidades. Y el contexto familiar sigue condicionando, en gran medida, las trayectorias educativas y laborales.

España ha logrado reducir su cifra más visible —la de los “ninis”—, pero el desafío ahora es más complejo: construir un modelo que no solo integre a los jóvenes, sino que les permita desarrollarse con dignidad. @mundiario

por KaiK.ai