Durante años, el canto de las aves se ha explicado como una consecuencia directa de la evolución biológica: un rasgo moldeado por la genética y el entorno. Sin embargo, una investigación reciente de la University of the Sunshine Coast, publicada en la revista Behavioral Ecology, plantea un enfoque distinto.
El estudio sugiere que ciertas aves no solo emiten sonidos instintivos, sino que desarrollan algo más cercano a una cultura compartida, con estilos propios que pueden compararse, de forma metafórica, a géneros musicales.
El análisis se centró en el anteojitos dorsigrís , una pequeña ave muy común en Australia. Los investigadores compararon poblaciones situadas en el continente con otras que habitan islas cercanas en la región de Queensland.
Lo que encontraron cuestiona supuestos clásicos de la biología: las diferencias en el canto no se explican ni por la distancia geográfica ni por la cercanía genética, sino por procesos de aprendizaje social dentro de cada comunidad.
Este hallazgo resulta especialmente significativo porque rompe con la expectativa de que las poblaciones más cercanas entre sí deberían sonar de forma más parecida. En cambio, las aves de distintas islas, separadas por más de cien kilómetros, compartían patrones de canto más similares entre ellas que con las del continente.
La explicación no está en el ADN, sino en la transmisión cultural: los individuos aprenden a cantar escuchando a otros miembros de su grupo, y ese aprendizaje genera tradiciones sonoras propias.
En ese contexto, el canto deja de ser un simple mecanismo biológico para convertirse en un fenómeno dinámico. A diferencia de los genes, que evolucionan lentamente, los sonidos pueden cambiar en pocas generaciones.
Cada población, especialmente cuando está aislada, desarrolla variaciones que se consolidan con el tiempo y que terminan definiendo una identidad colectiva. De ahí que los investigadores hablen de “dialectos” e incluso de “géneros musicales” en sentido figurado.
El estudio también observó diferencias específicas en la forma de cantar de estas aves insulares. Sus vocalizaciones tienden a ser más agudas, con sílabas más largas y repertorios más variados. Estas características no siguen un patrón biológico evidente, lo que refuerza la idea de que responden a una evolución cultural interna. Es, en esencia, un proceso creativo colectivo, aunque no consciente en términos humanos.
La comparación con el lenguaje humano aparece de forma natural. En comunidades aisladas, como las de las islas, las personas desarrollan acentos, dialectos y expresiones propias que las distinguen del resto. En el caso de estas aves, el aislamiento geográfico cumple una función similar: limita la interacción con otros grupos y favorece la consolidación de estilos propios.
No se trata de una coincidencia, sino de un paralelismo estructural entre formas de aprendizaje social.
Más allá del caso concreto de las islas, los investigadores apuntan a que este fenómeno podría ser más amplio. Algunos estudios previos ya habían detectado diferencias entre aves urbanas y rurales, lo que sugiere que cualquier entorno que favorezca cierto grado de aislamiento —ya sea físico o social— puede dar lugar a variaciones culturales.
Las implicaciones científicas son relevantes porque amplían el marco desde el que se interpreta el comportamiento animal. Si el canto puede considerarse una forma de cultura, entonces la evolución no depende únicamente de la genética, sino también de la transmisión de conocimientos dentro de cada grupo. @mundiario