El invierno tiene una forma muy concreta de anunciarse en el cuerpo. No siempre es la nariz fría o los dedos entumecidos: a veces es esa rodilla que protesta al levantarse del sofá o ese hombro que cruje como una puerta vieja. Durante décadas, el dolor articular asociado al frío ha sido despachado como un mito de abuelas o una exageración climática. Sin embargo, la ciencia ya no se ríe tanto.
Cuando bajan las temperaturas, las consultas médicas se llenan de personas que juran sentir más dolor en las articulaciones. Personas jóvenes, mayores, deportistas, sedentarias. La pregunta es inevitable: ¿realmente el frío duele o somos víctimas de una sugestión colectiva?
La respuesta corta es incómoda: sí, el frío puede empeorar el dolor articular, pero no por las razones que solemos imaginar. No es que el frío “cale los huesos” como tal, sino que desencadena una serie de reacciones fisiológicas que afectan a músculos, nervios y tejidos conectivos. El cuerpo, en modo supervivencia, prioriza el calor interno… y las articulaciones pagan parte de la factura.
Además, el dolor articular invernal no es solo un fenómeno biológico. Es también cultural, emocional y conductual. Nos movemos menos, nos encogemos más y escuchamos con mayor atención cada señal de incomodidad corporal. El frío no inventa el dolor: lo amplifica.
Por qué el frío intensifica el dolor articular
Desde un punto de vista científico, el principal sospechoso es la vasoconstricción. Cuando hace frío, los vasos sanguíneos se estrechan para conservar el calor, reduciendo el flujo de sangre hacia las extremidades. Menos sangre significa menos oxígeno y nutrientes en músculos y articulaciones, lo que puede aumentar la rigidez y la sensación de dolor.
A esto se suma un cambio en la presión atmosférica, especialmente en días fríos y húmedos. Algunas investigaciones sugieren que estas variaciones pueden afectar a las terminaciones nerviosas y a tejidos ya inflamados, como ocurre en la artrosis o la artritis reumatoide. No es que el frío cause la enfermedad, pero sí puede hacer que los síntomas se manifiesten con más intensidad.
El papel del cerebro: dolor, memoria y expectativas
El dolor no vive solo en las articulaciones. Vive, sobre todo, en el cerebro. Si una persona ha experimentado dolor articular repetidamente en invierno, el cerebro aprende a anticiparlo. Esa anticipación puede bajar el umbral del dolor y hacer que estímulos leves se perciban como más intensos. El frío, en este sentido, actúa como un disparador psicológico además de físico.
Qué se puede hacer para aliviar el dolor articular en invierno
La buena noticia es que no estamos indefensos. Mantener el cuerpo en movimiento es una de las estrategias más eficaces: el ejercicio suave aumenta la circulación y reduce la rigidez. El calor local —mantas térmicas, duchas calientes, ropa adecuada— ayuda a contrarrestar la vasoconstricción.
También importa cómo vivimos el invierno. Dormir bien, manejar el estrés y no caer en el sedentarismo extremo son factores clave. Incluso la alimentación, rica en nutrientes antiinflamatorios, puede marcar una diferencia real.
Quizá el frío no venga a castigarnos, sino a recordarnos algo esencial: que el cuerpo necesita cuidado, movimiento y atención. El dolor articular invernal no es una condena, sino una señal. Ignorarla duele más que el propio frío. @mundiario