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Sociedad

La queja es contagiosa: lo que nadie te dice sobre tu entorno emocional

María P. Martínez
12/01/2026 07:00:00

No hace falta que alguien te grite, te critique o te ataque para influir profundamente en tu forma de pensar. A veces basta con compartir cafés, mensajes de WhatsApp o silencios incómodos con una persona que se queja de todo. Del tráfico, del trabajo, del clima, de su vida. Lo inquietante no es solo el desgaste emocional que eso provoca, sino algo más sutil y peligroso: tu cerebro empieza a copiar ese patrón. Y no hablamos de meses ni de años. La neurociencia sugiere que puede ocurrir en menos de una semana.

Durante décadas hemos asumido que la personalidad es algo relativamente estable, un territorio privado. Pero el cerebro humano es, ante todo, plástico. Aprende por repetición, por imitación y por exposición constante. Así como se adapta a nuevos hábitos de sueño o alimentación, también incorpora formas de interpretar la realidad. Y la queja —esa narrativa mental centrada en lo que falta, lo que molesta y lo que va mal— es uno de los aprendizajes más rápidos.

La razón es sencilla: la queja activa circuitos emocionales intensos. Cuando alguien se lamenta, despierta en el oyente atención, empatía y, muchas veces, validación social. El cerebro, siempre atento a lo que genera vínculo, toma nota. Si eso se repite día tras día, el patrón se refuerza.

Además, nuestro sistema nervioso está diseñado para sincronizarse con los demás. Es un mecanismo ancestral que nos permitió sobrevivir en grupo. Hoy, ese mismo sistema hace que adoptemos sin darnos cuenta el tono emocional del entorno más cercano.

El cerebro es un imitador profesional

Las llamadas neuronas espejo se activan cuando observamos conductas ajenas, incluso sin ejecutarlas. No solo copiamos gestos o expresiones: también copiamos actitudes mentales. Escuchar quejas constantes entrena al cerebro para detectar fallos, amenazas y frustraciones con mayor rapidez.

La queja como atajo neuronal

Desde un punto de vista cognitivo, quejarse es eficiente. Requiere menos esfuerzo que buscar soluciones y produce una descarga inmediata de alivio. El problema es que el cerebro aprende ese atajo. En pocos días, empieza a recurrir a él de forma automática.

Menos de una semana: ¿exageración o advertencia?

Estudios sobre aprendizaje emocional muestran que bastan entre cinco y siete días de exposición repetida para modificar sesgos cognitivos. No significa que tu personalidad cambie por completo, pero sí que se ajusta el “filtro” con el que interpretas la realidad.

El coste emocional que no ves

El hábito de la queja eleva el estrés basal, aumenta la rumiación mental y reduce la percepción de control. Lo más perverso es que, cuando ya lo has integrado, crees que simplemente estás siendo “realista”.

Elegir compañía también es higiene mental

No se trata de huir de quien sufre, sino de ser consciente del impacto. Igual que cuidas lo que comes o lo que lees, deberías cuidar lo que escuchas de forma recurrente. Tu cerebro no distingue entre lo propio y lo ajeno cuando se trata de patrones emocionales.

Tal vez la pregunta no sea si la queja se contagia, sino cuánto tiempo estás dispuesto a dejar tu mente en manos del entorno. Porque, aunque no lo notes, tu cerebro siempre está aprendiendo. Y a veces, lo hace demasiado rápido. @mundiario

por KaiK.ai