A Ribeira Sacra no necesita un reconocimiento oficial para demostrar su grandeza. Basta recorrer los cañones del Miño y del Sil, contemplar los viñedos que desafían la gravedad en las laderas o detenerse en una iglesia o monasterio románico para comprender que este territorio reúne un paisaje y un patrimonio difíciles de igualar.
Sin embargo, los grandes sellos internacionales cuentan y, por eso, la decisión de la Unesco de aplazar su declaración como Patrimonio de la Humanidad ha provocado una comprensible decepción. Pero conviene poner las cosas en su contexto: la candidatura no ha sido rechazada. La Unesco considera simplemente que el expediente necesita ser reforzado con nuevos argumentos y una mayor justificación de su “valor universal excepcional” antes de adoptar una decisión definitiva.
Lejos de ser una mala noticia, esta decisión abre la oportunidad de presentar una candidatura todavía más sólida. Porque A Ribeira Sacra no es únicamente un paisaje de extraordinaria belleza, es el resultado de siglos de convivencia entre la naturaleza y el ser humano, que ha sabido transformar este territorio con un equilibrio admirable. Ahí está la viticultura heroica, ejemplo singular de respeto y aprovechamiento del medio sin destruirlo. A ello se suma una de las mayores concentraciones de arte románico, testigo de una espiritualidad que dio nombre a esta tierra.
Pero A Ribeira Sacra es mucho más. El visitante encuentra miradores suspendidos sobre el vacío, bosques autóctonos, senderos que serpentean entre viñas y aldeas, iglesias románicas escondidas entre castaños y el lento discurrir de los ríos, que otorgan a este rincón de Galicia una belleza difícil de describir. Decía Unamuno que la función más noble de las cosas es ser contempladas y A Ribeira Sacra invita a recorrerla despacio para descubrir cada uno de sus rincones.
Esa combinación irrepetible de paisaje, patrimonio cultural y actividad económica diversificada es la que justifica su aspiración a formar parte de la lista del Patrimonio Mundial. Pocas comarcas representan de manera tan clara un modelo de ocupación del territorio respetuoso con el entorno y capaz de mantenerse vivo durante siglos.
Por eso no hay razones para el desánimo. El aplazamiento decidido por la Unesco puede parecer frustrante, pero resultará útil. Si el expediente se enriquece con el rigor que exige ese organismo, Galicia llegará mejor preparada a la próxima evaluación para conquistar su quinto reconocimiento como Patrimonio de la Humanidad.
Bien entendido que la Unesco concede la distinción, pero no crea paisajes. La grandeza de A Ribeira Sacra no depende de un diploma, está avalada por siglos de historia, de trabajo y de armonía entre el hombre y la naturaleza. Más temprano que tarde entrará en el olimpo de los paisajes culturales más extraordinarios del mundo. @mundiario