Las abuelas suelen ser el refugio emocional al que volvemos una y otra vez, pero pocas preguntas resultan tan incómodas —y tan universales— como esta: ¿se quiere más a la abuela paterna o a la materna? Lejos de ser un simple dilema sentimental, la ciencia, la psicología evolutiva y la organización familiar apuntan a patrones sorprendentemente consistentes que ayudan a entender por qué ciertos lazos se sienten más cercanos, más intensos o más determinantes en nuestra identidad.
Durante décadas, antropólogos y genetistas han observado que, en distintas culturas, la figura de la abuela materna tiende a ocupar un lugar emocional privilegiado. No es solo una intuición: hay explicaciones biológicas y sociales detrás. La abuela materna es la única ascendiente que puede estar absolutamente segura de su vínculo genético con el nieto, lo que influye en su inversión afectiva y en la cercanía con la madre, que actúa como puerta de entrada al entorno familiar. Pero esta no es una historia lineal ni universal: la estructura del hogar, el peso del padre y los nuevos modelos de crianza están reescribiendo el relato.
Mientras tanto, las abuelas paternas viven una situación más ambivalente. Aunque su presencia puede ser igual de cálida y decisiva, a menudo dependen de la relación entre el padre y su pareja para tener acceso cotidiano a sus nietos. Esto condiciona la frecuencia del contacto, la intimidad emocional y hasta la forma de involucrarse en la crianza. Sin embargo, cuando estos vínculos se establecen con solidez, pueden ser tan potentes como cualquier otro.
Aquí nace la pregunta provocadora: si los afectos son libres y espontáneos, ¿por qué la biología y la sociología parecen marcar patrones tan claros?
La genética como punto de partida: el sesgo invisible
Los estudios de psicología evolutiva, especialmente los derivados de la teoría de la inversión parental, muestran que los humanos tendemos a invertir más energía emocional en quienes percibimos como familia segura. La abuela materna, al estar un 100% segura de su vínculo, suele mostrar mayor disponibilidad y soporte, algo que impacta directamente en la formación del apego en los primeros años de vida.
El papel de la madre: la gestora emocional del clan
En la mayoría de sociedades, la madre actúa como centro de la organización afectiva. Ella decide quién entra y sale del círculo familiar íntimo. Es natural que su propia madre —la abuela materna— tenga mayor presencia, más horas de cuidado y, por tanto, más oportunidades para crear recuerdos afectivos duraderos.
La abuela paterna: amor desafiante y vínculos que se ganan
Aunque el favoritismo cultural suele inclinarse hacia la rama materna, la abuela paterna puede construir relaciones profundamente estables cuando la figura del padre tiene un rol activo, emocional y cotidiano en la familia. Su capacidad para romper estereotipos y crear un vínculo directo —sin intermediarios— puede convertirla en una figura esencial.
La calidad del vínculo supera cualquier estadística
Con todo, la ciencia marca tendencias, no destinos. Los afectos reales se construyen en los detalles: la presencia, la escucha, la complicidad. Muchas abuelas paternas se convierten en sostén emocional, y muchas abuelas maternas quedan relegadas por dinámicas familiares complejas. El corazón, al final, no sigue reglas genéticas.
Decir que se quiere más a una u otra es simplificar una constelación de factores biológicos, culturales y emocionales. Sin embargo, explorar esta pregunta incómoda nos revela algo importante: los afectos no son azarosos; tienen raíces profundas, pero también alas propias. Y cada abuela, venga de donde venga, tiene la posibilidad de convertirse en el hogar emocional que recordamos toda la vida. @mundiario