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Negocios

Galicia y su gran oportunidad: se juega su futuro en la red eléctrica

Enrique Marfany
26/07/2026 20:22:00

Durante más de un siglo, la riqueza de los territorios siguió el trazado de las grandes infraestructuras de transporte. Allí donde llegaban las carreteras, el ferrocil, los puertos o los aeropuertos, terminaban instalándose las industrias, el comercio y el empleo. La historia económica de los siglos XIX y XX puede leerse, en buena medida, sobre un mapa de infraestructuras.

Hoy, sin embargo, ese mapa está cambiando. La transición energética está modificando las reglas del desarrollo económico a una velocidad que apenas empezamos a comprender. Las infraestructuras decisivas para atraer inversiones ya no serán únicamente las que permitan transportar mercancías o personas. Serán, sobre todo, las que permitan transportar y gestionar grandes cantidades de electricidad. Puede parecer una afirmación exagerada, pero cada vez existen más indicios de que estamos asistiendo a un cambio histórico.

Las nuevas industrias que marcarán las próximas décadas —centros de datos, inteligencia artificial, producción de hidrógeno renovable, fabricación de baterías, acero verde, química descarbonizada o nuevos procesos industriales electrificados— comparten una característica fundamental: todas necesitan enormes cantidades de energía eléctrica disponible de forma permanente, estable y competitiva. Sin esa electricidad, simplemente no existirán.

La industria viajará cada vez más hacia la energía. Planificar la red eléctrica equivale a planificar el mapa económico del futuro

Disponer por ello de una red eléctrica potente deja de ser un servicio técnico para convertirse en una condición imprescindible del desarrollo económico. Hasta hace pocos años, una subestación eléctrica era una infraestructura prácticamente desconocida para la mayoría de los ciudadanos. Hoy comienza a adquirir una importancia estratégica comparable a la que en otro tiempo tuvieron un puerto comercial o una gran autovía. Quien disponga de capacidad de conexión suficiente atraerá inversiones. Quien no la tenga verá cómo esas inversiones se desplazan hacia otros territorios.

Este cambio de paradigma tiene una enorme trascendencia. Durante dos siglos, la energía viajaba hasta donde estaban las fábricas. El carbón alimentó las locomotoras, el petróleo impulsó el transporte y el gas abasteció los grandes complejos industriales. La localización de muchas industrias dependía de las materias primas, de los mercados o de las vías de comunicación. Ahora empieza a suceder justamente lo contrario.

Las industrias más intensivas en consumo energético buscarán instalarse allí donde exista abundante electricidad renovable, redes robustas y capacidad de acceso inmediata. No será la energía la que viaje hasta la industria; será, cada vez más, la industria la que viaje hacia la energía. Ese cambio altera profundamente la geografía económica. Y aquí es donde Galicia aparece con una oportunidad excepcional. Pocas regiones europeas reúnen simultáneamente recursos hidráulicos, abundante energía eólica, capacidad de generación renovable, experiencia industrial, puertos competitivos y un enorme potencial para incrementar la producción eléctrica limpia.

Sin embargo, disponer de esos recursos no garantiza el éxito. La verdadera competición ya no consiste únicamente en producir más electricidad. Consiste en ser capaces de transformarla en empleo, inversión y tejido industrial. Para lograrlo resulta imprescindible disponer de una red eléctrica preparada para responder a la nueva demanda.

Las líneas de transporte, las subestaciones, el almacenamiento energético y la capacidad de acceso dejarán de ser simples elementos técnicos para convertirse en los auténticos cimientos de la política industrial del siglo XXI. Y aquí aparece una cuestión que merece un profundo debate público.

La planificación de la red eléctrica no puede contemplarse exclusivamente desde una perspectiva técnica. Cada decisión sobre dónde reforzar una línea de alta tensión, dónde construir una nueva subestación o dónde aumentar la capacidad de evacuación condicionará durante décadas la localización de nuevas inversiones industriales. En otras palabras, planificar la red eléctrica equivale, en buena medida, a planificar el mapa económico del futuro. Si Galicia consigue reforzar a tiempo sus infraestructuras eléctricas, estará en condiciones de competir por proyectos industriales de enorme valor añadido.

Si llega tarde, el riesgo es evidente: seguirá produciendo una gran parte de la electricidad renovable mientras el empleo, la innovación y la riqueza asociados a esa energía se desarrollan en otros territorios que sí dispongan de la infraestructura necesaria. Ese es, probablemente, uno de los grandes desafíos económicos de nuestra generación.

Durante décadas discutimos dónde construir autopistas porque sabíamos que por ellas circularía el progreso. Hoy la pregunta ha cambiado. La riqueza del siglo XXI ya no viajará únicamente sobre el asfalto. Viajará, sobre todo, por las redes eléctricas. Y quizá dentro de unos años comprendamos que las infraestructuras más decisivas para el futuro económico de Galicia no fueron las más visibles, sino aquellas que hicieron posible que la energía renovable dejara de ser un recurso para convertirse en industria, innovación, empleo y prosperidad. Porque, al fin y al cabo, los territorios no prosperan por la cantidad de recursos que poseen, sino por su capacidad para transformarlos en valor para la sociedad. Ahí reside la verdadera oportunidad de Galicia. Y también su mayor responsabilidad. @mundiario

por KaiK.ai