La NASA ha decidido mover ficha en la nueva carrera espacial y lo ha hecho colocando a Jeff Bezos en una posición clave. La agencia estadounidense ha adjudicado a Blue Origin la primera misión robótica destinada a preparar el terreno para lo que pretende ser uno de los proyectos más ambiciosos del siglo XXI: construir una base humana estable en la Luna.
El anuncio supone un cambio de escala en las aspiraciones espaciales de Estados Unidos. Ya no se trata únicamente de volver a pisar la superficie lunar más de medio siglo después de las misiones Apolo, sino de establecer allí una infraestructura permanente capaz de sostener vida humana, operaciones científicas y futuras expediciones interplanetarias.
La misión, bautizada como Moon Base 1, despegará previsiblemente en otoño de 2026 y tendrá como destino el polo sur lunar, una región considerada estratégica por la presencia potencial de hielo de agua y por sus condiciones favorables para futuras instalaciones energéticas. Será además el debut del aterrizador Blue Moon, desarrollado por la empresa espacial de Bezos, que aspira a competir directamente con SpaceX, la compañía de Elon Musk, en el multimillonario negocio de la exploración lunar.
La NASA quiere convertir esa zona extrema de la Luna en el embrión de una colonia permanente. Y no será sencillo. El polo sur lunar es uno de los entornos más hostiles imaginables: temperaturas que pueden caer por debajo de los 200 grados bajo cero, noches que duran semanas enteras y cráteres sumidos en oscuridad perpetua.
Pese a ello, Washington considera que controlar esa región será decisivo para el futuro de la exploración espacial y también para la supremacía tecnológica frente a potencias como China. La estrategia estadounidense pasa ahora por delegar gran parte de las operaciones en empresas privadas, reproduciendo el modelo que ya transformó la industria de lanzamientos espaciales durante la última década.
Uno de los cerebros del proyecto es el ingeniero español Carlos García Galán, responsable del programa Moon Base de la NASA. Su equipo trabaja en un modelo de colonización progresiva dividido en varias fases. La primera consistirá en aprender a sobrevivir durante largas estancias en la Luna mediante robots, drones, vehículos presurizados y laboratorios automatizados. Después llegarán las estructuras habitables temporales y, finalmente, las bases permanentes.
El proyecto contempla incluso la instalación de sistemas de energía nuclear para alimentar las futuras colonias durante las interminables noches lunares. La idea es que, a partir de la próxima década, esas bases funcionen como auténticas estaciones avanzadas desde las que organizar el siguiente gran objetivo de la humanidad: Marte.
Sin embargo, el plan está lleno de incógnitas técnicas y políticas. La NASA todavía no dispone de un sistema plenamente operativo para aterrizar astronautas en la Luna, y buena parte del calendario depende de que Blue Origin y SpaceX consigan desarrollar naves fiables en tiempo récord. De hecho, el programa Artemis acumula retrasos y sobrecostes desde hace años.
La agencia espacial estadounidense mantiene, aun así, un discurso cada vez más ambicioso. Bajo la dirección de Jared Isaacman, la NASA insiste en recuperar el espíritu de los años sesenta y convertir en realidad proyectos que hasta hace poco parecían ciencia ficción.
En esa estrategia, Jeff Bezos y Elon Musk se han convertido en piezas fundamentales. Los dos multimillonarios compiten ahora por liderar no solo el negocio espacial, sino también la futura expansión humana fuera de la Tierra. La Luna ya no es únicamente un símbolo científico o político: se ha transformado en el próximo gran territorio estratégico del planeta. @mundiario