Durante décadas, la prueba del espejo ha sido uno de los experimentos más utilizados para evaluar la autoconciencia en animales. Superarla se consideraba un rasgo excepcional, atribuido a primates, elefantes o cetáceos. Ahora, una investigación liderada por la Osaka Metropolitan University sitúa en ese debate a un pequeño pez tropical: el Labroides dimidiatus, conocido como lábrido limpiador.
El estudio, publicado en Scientific Reports, no solo confirma que este pez puede reconocerse en un espejo, sino que documenta un comportamiento aún más sofisticado: la llamada prueba de contingencia, una forma avanzada de exploración cognitiva hasta ahora asociada principalmente con mamíferos marinos como los delfines.
La prueba del espejo evalúa si un animal es capaz de reconocerse al observar su reflejo. Habitualmente, se marca al individuo en una zona del cuerpo que solo puede ver mediante el espejo. Si intenta tocar o eliminar la marca usando esa referencia visual, se interpreta como indicio de autorreconocimiento.
Investigaciones previas ya habían mostrado que el lábrido limpiador podía responder a esta prueba. Este pez, habitual en arrecifes tropicales, se dedica a retirar parásitos de otros peces, lo que le exige una aguda percepción visual y habilidades sociales complejas.
Lo novedoso del estudio japonés fue modificar el orden del experimento: en lugar de familiarizar primero al pez con el espejo, los investigadores aplicaron una marca similar a un parásito antes de introducir el espejo por primera vez.
Resultados: rapidez inesperada y conducta exploratoria
El equipo observó que los peces intentaron frotar la marca en un promedio de 82 minutos tras ver su reflejo por primera vez. En estudios anteriores, ese proceso podía tardar entre cuatro y seis días. La rapidez sugiere que el pez ya percibía una anomalía corporal y utilizó el espejo como herramienta informativa inmediata.
Pero el hallazgo más relevante vino después. Tras varios días de exposición al espejo, algunos ejemplares comenzaron a recoger pequeños trozos de camarón del fondo del acuario y soltarlos frente al espejo. Mientras el alimento descendía, los peces seguían su caída observando atentamente el reflejo y tocaban el cristal con la boca.
Los investigadores interpretaron este comportamiento como contingency testing: en vez de comprobar el reflejo moviendo su propio cuerpo, el pez evaluaba cómo un objeto externo se comportaba en el espacio reflejado. Este tipo de exploración se ha documentado en rayas manta y delfines que liberan burbujas para observarlas en el espejo.
¿Inteligencia “típica de mamíferos”?
El concepto no implica que el pez posea conciencia humana, sino que muestra procesos cognitivos flexibles y autorreferenciales comparables a los observados en ciertos mamíferos. La prueba de contingencia sugiere que el animal no está simplemente confundido por la imagen, sino que explora activamente la relación entre acción y reflejo.
Los investigadores argumentan que este comportamiento fortalece la hipótesis de que el reconocimiento en el espejo no es un simple aprendizaje mecánico, sino una forma de procesamiento más complejo. Además, plantea que la autoconciencia podría estar más extendida evolutivamente de lo que se pensaba.
El estudio combinó observación sistemática, registro en video y comparación temporal de respuestas conductuales. Al invertir el orden clásico del experimento, los científicos aislaron la variable clave: la percepción previa de una anomalía corporal. El análisis se centró en tres fases: reacción inicial al espejo, conducta de raspado de la marca y aparición posterior de pruebas con objetos externos. La repetición del patrón en varios individuos reforzó la interpretación de que no se trataba de conductas aleatorias.
El diseño experimental permitió descartar explicaciones simples como agresión territorial o curiosidad básica. La secuencia lógica —marca, reconocimiento visual, acción dirigida y experimentación posterior— sugiere una forma de aprendizaje autorreferencial.
Si un pez de pocos centímetros puede mostrar este nivel de procesamiento, la línea evolutiva de la autoconciencia podría ser menos exclusiva de lo que se creía. El hallazgo cuestiona la idea de que cerebros grandes y cortezas desarrolladas sean condición indispensable para nuestro entendimiento de conductas cognitivas complejas.
Más que redefinir el concepto de inteligencia, el estudio invita a reconsiderar cómo se distribuyen ciertas capacidades cognitivas en el reino animal. El lábrido limpiador, con su cerebro diminuto y su vida social intensa en los arrecifes, se convierte así en un caso clave para ampliar el debate sobre la evolución de la mente. @mundiario