La búsqueda de agua en la Luna siempre ha sido uno de los principales objetivos de la exploración espacial. Lo que comenzó como una cuestión puramente científica se ha convertido hoy en un elemento estratégico para el futuro de la presencia humana fuera de la Tierra. Sin agua resulta extremadamente difícil imaginar bases permanentes, estancias prolongadas o misiones de larga duración en nuestro satélite natural.
Ahora, un estudio publicado en la revista Science Advances plantea una solución tan ingeniosa como prometedora: aprovechar los terremotos lunares, conocidos como moonquakes, para localizar y cartografiar el hielo oculto bajo la superficie.
La investigación, desarrollada por científicos de la Universidad de Maryland, el Lawrence Berkeley National Laboratory y la Universidad de Hawái, propone utilizar las ondas sísmicas de forma similar a como los geólogos estudian el interior de la Tierra. Si las predicciones se confirman mediante futuras misiones espaciales, esta técnica podría revolucionar la exploración lunar y facilitar enormemente la localización de reservas de agua congelada.
La importancia del hallazgo no puede entenderse sin el contexto actual de la exploración espacial, ya que la NASA tiene previsto que el programa Artemis vuelva a llevar astronautas al polo sur lunar en los próximos años. Esta región es considerada prioritaria precisamente porque alberga algunos de los lugares más fríos del Sistema Solar; por ejemplo, en el interior de numerosos cráteres nunca llega la luz del Sol y sus temperaturas permanecen permanentemente bajo cero, creando auténticas "trampas frías" donde el hielo podría haberse conservado durante miles de millones de años. Al final, ese hielo representa mucho más que agua potable.
Una vez fundido y purificado, puede abastecer a las tripulaciones. Mediante electrólisis, además, el agua puede separarse en oxígeno —imprescindible para respirar— e hidrógeno, un componente fundamental para fabricar combustible para cohetes. En otras palabras, disponer de agua en la Luna permitiría reducir considerablemente la enorme cantidad de suministros que actualmente sería necesario transportar desde la Tierra.
El problema: nadie sabe exactamente dónde está
Durante años, diversas sondas espaciales han detectado indicios compatibles con la presencia de agua helada en la Luna; sin embargo, existe una importante limitación, debido a que los satélites únicamente observan las capas más superficiales del terreno. En realidad, los depósitos de hielo podrían encontrarse varios metros bajo la superficie, mezclados con el regolito —el polvo y las rocas fragmentadas que cubren la Luna—, donde resultan prácticamente invisibles para los instrumentos orbitales; y es precisamente ahí donde entra en juego esta nueva propuesta científica.
La idea parte de un principio físico relativamente sencillo: cuando una onda sísmica atraviesa distintos materiales, su velocidad cambia dependiendo de las propiedades del terreno, siendo exactamente el mismo procedimiento que utilizan los geólogos para estudiar el interior de la Tierra. En este sentido, los investigadores descubrieron que el suelo congelado y el suelo completamente seco responden de forma muy distinta al paso de las vibraciones, debido a que el hielo endurece el material que lo rodea y, como consecuencia, las ondas sísmicas viajan entre dos y tres veces más rápido que en un terreno seco.
Además, las zonas con abundante hielo reflejan parte de la energía sísmica, generando ecos similares a los que produce el sonido cuando rebota contra una pared.
Si se instala un sismómetro suficientemente sensible sobre la superficie lunar, sería posible detectar esas diferencias y reconstruir un mapa del subsuelo, el cual no solo permitiría saber si existe hielo, sino que también ofrecería una estimación aproximada de la cantidad almacenada.
Mucho más que un recurso para astronautas
El estudio no se limitó a una simulación informática, ya que los investigadores combinaron tres métodos diferentes para comprobar si su planteamiento era viable. En primer lugar, reprodujeron en el laboratorio un material muy parecido al polvo lunar utilizando roca volcánica procedente de Arizona; después, congelaron ese material y analizaron mediante rayos X cómo el hielo se distribuía entre los pequeños espacios existentes entre los granos minerales.
El segundo paso consistió en elaborar mapas térmicos extremadamente detallados del polo sur lunar, con los cuales identificaron qué cráteres han permanecido lo suficientemente fríos durante miles de millones de años como para conservar depósitos de hielo. Finalmente, desarrollaron simulaciones informáticas sobre cómo viajarían los pequeños terremotos lunares a través de ese terreno.
Los tres enfoques coincidieron en la misma conclusión: la presencia de hielo modifica claramente la propagación de las ondas sísmicas, dejando una firma perfectamente identificable.
Aunque su utilidad práctica resulta evidente, el interés científico del hielo lunar es igualmente extraordinario, debido a que nuestro satélite constituye una auténtica cápsula del tiempo del Sistema Solar. Mientras la Tierra ha sufrido erosión, actividad geológica y cambios climáticos durante miles de millones de años, muchas regiones lunares han permanecido prácticamente inalteradas; esto significa que el hielo atrapado en los cráteres polares podría conservar información sobre cómo llegó el agua al Sistema Solar interior hace aproximadamente 4.000 millones de años.
Analizar esos depósitos permitiría comprender mejor no solo la evolución de la Luna, sino también el origen de los océanos terrestres y el transporte de compuestos volátiles durante las primeras etapas de formación de los planetas.
Una de las mayores fortalezas de esta investigación es que su hipótesis podrá comprobarse en un plazo relativamente corto, ya que la misión china Chang'e-7, cuyo lanzamiento está previsto para finales de 2026, llevará un sismómetro que operará cerca del cráter Shackleton, una de las regiones donde existen mayores probabilidades de encontrar hielo. Posteriormente, las futuras misiones del programa Artemis de la NASA podrían desplegar nuevos instrumentos sísmicos sobre el terreno, entre ellos la Lunar Environmental Monitoring Station, diseñada para estudiar el interior lunar mediante vibraciones naturales.
Si los registros sísmicos coinciden con las predicciones del estudio, los científicos dispondrán por primera vez de un método directo para detectar agua congelada enterrada bajo la superficie. @mundiario