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Animales

Distancia social simia: los macacos también se vuelven cautelosos ante los virus

Diego Tudares
21/10/2026 09:38:00

La pandemia de la covid-19 modificó hábitos cotidianos en millones de personas. Durante sus primeras semanas, la incertidumbre sobre las vías de transmisión llevó a muchas familias a desinfectar envases, extremar la higiene y evitar posibles fuentes de contagio. Una investigación publicada en Royal Society Open Science sugiere que la capacidad de ajustar el comportamiento ante una amenaza infecciosa no es exclusiva de los seres humanos: algunos primates también pueden volverse más cautelosos después de convivir con una enfermedad mortal.

El estudio, dirigido por investigadores de la Universidad de California en San Diego (UC San Diego), examinó a macacos japoneses que habían vivido un brote de retrovirus simio de tipo II, conocido como SRV-2. Los resultados apuntan a que la experiencia de una epidemia puede modificar la disposición a consumir alimentos que parecen contaminados, incluso cuando el animal no ha enfermado personalmente y no conoce el mecanismo por el que se transmite el patógeno.

La investigación aporta datos relevantes para comprender la evolución del asco y las respuestas de prevención de enfermedades. Sin embargo, los científicos no midieron directamente una emoción equivalente al asco humano ni demostraron que los macacos comprendieran el riesgo biológico. Lo que observaron fue un cambio de conducta asociado a la experiencia de un brote.

La investigación surgió de un acontecimiento inesperado en un santuario de primates del sur de Texas, donde los científicos llevaban a cabo estudios sobre comportamiento. Allí viven varios grupos de macacos japoneses descendientes de animales trasladados desde Japón en 1972. Al permanecer en recintos separados, los grupos ofrecían una oportunidad poco habitual para comparar animales con antecedentes similares, pero expuestos a entornos sociales y sanitarios diferentes.

En 2020, el personal del santuario confirmó la presencia de SRV-2 en algunos grupos. Este retrovirus puede provocar una inmunodeficiencia grave, comparable en ciertos aspectos a la que producen otros virus que deterioran las defensas del organismo. En aquel brote, la transmisión se relacionó principalmente con mordeduras y arañazos, mediante el contacto con sangre y saliva. Algunos animales enfermaron gravemente y otros murieron.

La respuesta sanitaria incluyó separar grupos, realizar pruebas y aplicar medidas de cuarentena. Tres grupos experimentaron el brote, mientras que otro no estuvo expuesto a él. Esta diferencia permitió a los investigadores estudiar si vivir en un entorno donde otros individuos enfermaban o morían podía influir en la conducta posterior.

El planteamiento resulta especialmente interesante porque el virus no se transmitía a través de los alimentos utilizados en el experimento. Los investigadores podían comprobar así si la experiencia general de una amenaza infecciosa se asociaba con una mayor cautela ante señales visuales de contaminación, aunque esas señales no reprodujeran la vía real de transmisión.

El experimento: comida sobre una superficie aparentemente contaminada

Los investigadores estudiaron a 55 macacos. En las pruebas, los animales podían elegir entre alimentos colocados sobre una superficie de madera limpia y alimentos situados sobre otra que parecía contaminada. Para reproducir la señal visual sin exponer a los animales a microorganismos, los científicos utilizaron heces reales de macaco selladas bajo una capa transparente de resina epoxi. De esta forma se conservaba la apariencia de contaminación, pero se eliminaban el olor y el riesgo de infección.

En algunos ensayos, la superficie limpia se sustituyó por una esponja de cocina de colores llamativos. El objetivo era comprobar si los animales rechazaban la comida por tratarse de un objeto extraño o si su reacción estaba más específicamente relacionada con la apariencia de contaminación.

Los resultados mostraron una diferencia clara entre los grupos. Los macacos que habían vivido el brote comieron del alimento colocado sobre la superficie aparentemente contaminada en el 47% de los ensayos. En el grupo que no había experimentado la epidemia, la proporción ascendió al 79%.

La diferencia sugiere que la experiencia del brote estuvo asociada con una mayor evitación de las señales visuales de contaminación. Además, dentro de los grupos expuestos, los animales que habían enfermado no mostraron una diferencia sustancial respecto a los que convivieron con individuos enfermos sin infectarse ellos mismos.

Este último resultado es central para interpretar el estudio. La cautela no parecía depender únicamente de haber padecido la enfermedad, sino de haber vivido en un grupo afectado por el brote. La observación es compatible con varias explicaciones: aprendizaje por experiencia, cambios en la conducta colectiva o una combinación de ambos procesos. El diseño no permite determinar por sí solo cuál de esos mecanismos fue decisivo.

Los científicos utilizan la expresión "sistema inmunitario conductual" para describir un conjunto de respuestas que ayudan a los organismos a reducir su exposición a posibles patógenos antes de que actúen sus defensas fisiológicas. Evitar alimentos deteriorados, rechazar superficies que parecen sucias o apartarse de determinadas fuentes de contaminación son ejemplos de comportamientos que pueden reducir el riesgo de infección.

Este sistema no sustituye al sistema inmunitario biológico. Actúa en una fase anterior: si un animal evita una fuente de contagio, disminuye la posibilidad de que el patógeno llegue a entrar en su organismo. En términos evolutivos, incluso una reducción modesta de las exposiciones peligrosas podría resultar ventajosa, especialmente en entornos donde las enfermedades causan mortalidad elevada.

La conducta observada en los macacos plantea una cuestión importante: ¿es necesario comprender cómo se transmite una enfermedad para aprender a evitar riesgos asociados a ella? Los resultados sugieren que no necesariamente. Los animales no precisaban conocer el mecanismo de transmisión del SRV-2 para modificar su respuesta ante una señal visual relacionada con la contaminación.

Eso no significa que hubieran identificado correctamente el peligro. De hecho, la superficie del experimento no podía transmitirles el virus. La reacción pudo deberse a una asociación general entre enfermedad, señales de suciedad y peligro, más que a una comprensión precisa de la infección. Esta diferencia ayuda a explicar por qué las conductas preventivas pueden ser útiles y, al mismo tiempo, imperfectas. Una señal que suele acompañar a un riesgo puede provocar una respuesta cautelosa aunque no exista una amenaza real en una situación concreta.

La experiencia temprana también influye en la prevención

El artículo científico incluye otra comparación, realizada con 54 macacos de siete especies y distintos antecedentes de crianza. Los investigadores estudiaron animales nacidos en santuarios, ejemplares que habían vivido en laboratorios o zoológicos y macacos que habían sido criados como mascotas.

Los antiguos animales de compañía mostraron una mayor disposición a consumir alimentos aparentemente contaminados que los macacos nacidos en el santuario y criados por sus madres. Una posible explicación es que tuvieron menos oportunidades de aprender las pautas habituales de evitación mediante la interacción con otros miembros de su especie durante las primeras etapas de vida.

Los investigadores no demostraron que la crianza fuera la única causa de esa diferencia. Los animales podían presentar otros contrastes en su historial, sus experiencias y su adaptación social. Aun así, los resultados respaldan la hipótesis de que las primeras experiencias influyen en la forma en que los primates responden a señales potencialmente peligrosas.

La observación tiene implicaciones para el bienestar animal. La crianza de primates en entornos humanos puede alterar oportunidades de aprendizaje social que normalmente se producen con la madre y otros individuos de la misma especie. Es posible que algunas diferencias conductuales persistan incluso después de que los animales pasan años conviviendo con otros macacos.

En los seres humanos, el asco suele asociarse con el rechazo a las heces, los alimentos en mal estado, determinados olores y otras señales que pueden indicar un riesgo sanitario. Aunque el asco también tiene dimensiones culturales y sociales, una de sus funciones propuestas es reducir el contacto con fuentes de infección.

El estudio de UC San Diego aporta indicios de que ciertos mecanismos de evitación relacionados con la contaminación pueden tener raíces evolutivas anteriores a la aparición de los humanos modernos. La capacidad de modificar la conducta a partir de experiencias de enfermedad podría formar parte de un repertorio compartido por otros primates.

No obstante, la investigación no demuestra que los macacos experimenten el asco exactamente como las personas. Tampoco permite afirmar que todos los primates desarrollen la misma respuesta o que el cambio observado persista durante años. Para resolver esas cuestiones serán necesarios nuevos experimentos que sigan a los animales durante más tiempo y estudien cómo se transmite la conducta entre individuos. @mundiario

por Mundiario