Esto es «Legacy», la serie de reportajes y podcasts de GOAL que cuenta atrás hacia el Mundial de 2026. Cada semana exploramos las historias y el espíritu de las selecciones que marcan el fútbol. En esta edición vemos cómo Julian Nagelsmann intenta que Alemania... Alemania de nuevo. Tras años de alejarse de la identidad que la llevó a ganar el Mundial de Brasil 2014, el técnico busca recuperarla.
Fuera de Alemania, muchos aficionados resumen así a la selección: «El fútbol es simple: 22 hombres corren tras un balón 90 minutos y, al final, ganan los alemanes». Gary Lineker lo pronunció tras la semifinal del Mundial de 1990, que Inglaterra perdió en penaltis ante Alemania, a partes iguales entre admiración y resignación.
Pero la frase era más que una broma: resumía décadas de imagen nacional. Alemania nunca se rendía; ganaba con organización, voluntad y disciplina.
Esa identidad, forjada en la mentalidad más que en la estética, convertía los Mundiales en pruebas de carácter.
Los héroes de Berna en 1954, los campeones de Múnich en 1974 y los guerreros de Roma en 1990 mostraron que el equilibrio entre determinación y táctica vale más que la belleza. Alemania no siempre brilló, pero casi siempre fue eficaz. Ese es su ADN: orden, firmeza y decisión.
El camino hacia una nueva era
A principios de los 2000, el fútbol cambiaba rápido. El juego internacional se volvía más veloz, técnico y exigente. En Alemania crecía el anhelo de modernizarse. Tras el Mundial 2006, Joachim Löw asumió la selección y la DFB inició una nueva era.
Bajo su mando, Alemania mostró un estilo distinto: menos lucha, más control; menos reacción, más acción. En 2012 Löw lo resumió así: «Hemos desarrollado una buena combinación de pases y carreras, recuperación del balón y contraataques rápidos».
Apostó por un fútbol que no perseguía el balón, sino que lo controlaba. La selección se convirtió en una máquina de posesión, influida por la estética de Guardiola y el dominio español. El nuevo estilo reflejaba una imagen modernizada: Alemania quería ganar y deleitar.
El éxito le dio la razón: en el Mundial de Brasil 2014 alcanzó la simbiosis perfecta entre orden y creatividad, y la victoria 7-1 en semifinales ante el anfitrión quedó para la historia.
Fue el triunfo de una nueva Alemania, capaz de dominar a sus rivales en lugar de solo derrotarlos. Pero incluso en esa victoria se gestó la crisis que vendría. El estilo se volvió ideológico y la posesión se convirtió en un fin en sí misma.
Desaparición de un aura
Tras la temprana eliminación de Alemania en el Mundial 2018, Löw admitió: «Mi mayor error fue creer que podríamos superar la fase de grupos con un fútbol dominante y de posesión. Debería haber preparado al equipo como en 2014, cuando equilibramos ataque y defensa».
Sus palabras admiten que el fútbol alemán se había alejado de sus fundamentos: el equipo era técnicamente sobresaliente, pero había perdido identidad. El resultado fue una crisis que superó lo deportivo.
Tras 2014 comenzó un alejamiento gradual: el equipo buscó ser moderno, pero dejó de ser «típicamente alemán». Quería imitar a España, Francia e Inglaterra a la vez, y perdió su esencia.
El resultado fueron equipos estructuralmente buenos, pero emocionalmente vacíos. Las campañas de 2018 y 2022 mostraron que la posesión no es un fin en sí misma. En 2018 ya no era moderna: clubes como el Manchester City de Guardiola habían impuesto un contraataque más intenso.
Löw no evolucionó lo suficiente: un 70 % de posesión sin pasión ni claridad resultó inútil. La Mannschaft parecía educada, predecible y poco dispuesta a luchar. El aura que describió Lineker desapareció.
Un nuevo comienzo
El legado que un día representó fortaleza se había vuelto una sombra, pero hoy recupera su importancia. En una era dominada por datos, estructuras y sistemas, la dimensión emocional y de carácter sigue siendo un factor de éxito subestimado.
En los Mundiales no triunfa el mejor sistema, sino el equipo más unido y con más determinación. El legado alemán —lucha, equipo y fortaleza mental— no es nostalgia, sino un recurso de futuro.
Julian Nagelsmann lo reconoce. Desde que asumió la selección en 2023, insiste en la mentalidad y el espíritu de equipo. En marzo de 2024, antes de la Eurocopa, afirmó: «Solo contamos con la presión de triunfar; el resto viene de fuera. El fútbol debe emocionar».
Lo interpretó como un nuevo comienzo. Tras el torneo, en el que Alemania volvió a parecer un equipo, aclaró: «Dije que necesitábamos el apoyo de la gente porque sabíamos que no fuimos lo suficientemente buenos en los últimos torneos. Después de los últimos partidos, creo que los aficionados ven que queremos lograr algo y cambiar las cosas».
Se refería a lo que Löw había perdido en sus últimos años: la conexión entre el equipo, la identidad y el público. A finales de julio, en el Congreso Internacional de Entrenadores de la Asociación Alemana de Fútbol en Leipzig, Nagelsmann lo expresó aún más claro:
«No tenemos que ser la España 2.0», afirmó, y añadió que había que «pensar a la antigua usanza», de forma más defensiva, como siempre se hizo en Alemania. Así, el regreso de las virtudes alemanas ya había comenzado.
Equipo de trabajadores
El fútbol alemán quiere recuperar su identidad: ser él mismo, no copiar estilos ajenos. Por eso Nagelsmann habla de «trabajadores», jugadores dispuestos a sacrificarse por el grupo. Prefiere futbolistas menos técnicos pero con carácter, como los equipos que en su día respetó Lineker.
Ya convocó a Robert Andrich (Bayer Leverkusen), Pascal Gross (Brighton) y Grischa Promel (Hoffenheim) como sus “trabajadores”. También están Waldemar Anton y Nico Schlotterbeck (Borussia Dortmund), quienes aún buscan afianzarse en la selección. Joshua Kimmich, Leon Goretzka y Jonathan Tah, del Bayern de Múnich, se suman a Antonio Rüdiger y al capitán del RB Leipzig, David Raum, en este enfoque.
Para Nagelsmann, un “trabajador” destaca por resistencia, capacidad de entrada y fiabilidad táctica; su labor es mantener la estructura, no crear juego. Andrich, Gross y Promel encajan: cierran espacios, presionan y aguantan en alta intensidad.
La dupla del Dortmund, Anton y Schlotterbeck, más la pareja de centrales Tah y Rüdiger, aportan solidez y anticipación a la defensa. Kimmich y Goretzka destacan en el centro del campo por su posicionamiento, sus desplazamientos y su liderazgo. Para Nagelsmann, todos ellos son piezas clave de un equipo funcional que prioriza el trabajo colectivo sobre la brillantez individual.
Nagelsmann añade que la mentalidad surge de estructuras claras y liderazgo; así se logra estabilidad emocional que, sobre el campo, se traduce en juego fluido.
«Lo importante es que los demás equipos nos vean de nuevo como una nación futbolística. Quiero que subamos al autobús y pensemos: “Hoy ganaremos, somos Alemania”», explicó Nagelsmann a Blickpunkt Sport hace un año.
Advertencia y guía
Para Nagelsmann, esta es la base emocional de su proyecto. No se trata de volver al fútbol de décadas pasadas, sino de recuperar una convicción que se había perdido. El fútbol alemán moderno debe mostrar carácter sin perder de vista el balón. Debe ser moderno, pero con un toque alemán.
El equilibrio entre innovación y tradición, entre posesión y garra, es el núcleo de esta reorientación. El legado advierte de lo fácil que es perder la identidad y, al mismo tiempo, guía para recuperarla.
Históricamente, el fútbol alemán rinde mejor cuando es fiel a sí mismo: las selecciones de 1974 y 1990 destacaron por estructura, claridad y disciplina, y la de 2014 añadió elegancia.
Los equipos posteriores perdieron ese equilibrio: intentaron complacer a todos y, aunque podían hacer muchas cosas, carecían de carisma. La apuesta de Nagelsmann por recuperar jugadores trabajadores no mira al pasado, sino al futuro: quiere unir actitud y habilidad.
Este enfoque ya muestra resultados: tras años de fútbol insípido antes de la Euro 2024, el público recuperó el entusiasmo durante y después del torneo. El fútbol volvió a parecer emocionante y menos estéril. Jugadores tan distintos como Jamal Musiala y Rüdiger encarnan esta nueva imagen: técnica y determinación. Esa mezcla es el núcleo del legado alemán en su forma modernizada.
Hoy este legado vuelve a ser relevante porque el fútbol internacional ha entrado en una fase donde la posesión ya no garantiza el éxito. Selecciones como Francia y Argentina muestran que ganan las que imponen mentalidad y se adaptan. Los mejores equipos mantienen la sangre fría en los momentos clave, y Alemania fue durante años el mejor ejemplo.
Bases para el futuro
En un fútbol globalizado y tácticamente complejo, la técnica ya no basta. Lo que marca la diferencia no es el análisis de datos, sino la cultura: un equipo que conoce sus valores se mantiene estable en la crisis. Eso aporta dirección e identidad. Por eso, cuando Nagelsmann insiste en que «resiliencia, espíritu de equipo y pasión» son clave, está marcando los cimientos del futuro.
El fútbol alemán vuelve a estar en una encrucijada. La famosa frase de Lineker fue un halago, luego se tornó irónica; quizá pronto vuelva a serlo.
Bajo su mando, Alemania no copia el pasado, sino que lo comprende. Quiere que la fuerza, antes basada en disciplina y voluntad, ahora surja del espíritu de equipo, la claridad y la estabilidad mental.
El legado del fútbol alemán resiste en los equipos que se superan hasta el límite: en prórrogas, penaltis y duelos mentales. Redescubrirlo no es idealizar el pasado, sino aprovechar su fuerza para el futuro.
El éxito de Nagelsmann no dependerá solo de su táctica, sino de su habilidad para unir esa fuerza clásica con una pasión renovada. Si lo logra, la frase de Lineker volverá a ser un halago: una muestra de respeto hacia un equipo que sabe quién es y que gana porque está a la altura de su legado.