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Cultura

El verdadero motivo por el que anticipar las fiestas nos inquieta

angel rull
17/12/2025 19:30:00

Cada año parece que la temporada navideña comienza antes. A mediados de noviembre, los escaparates se llenan de luces, los supermercados reproducen villancicos y las agendas sociales se empiezan a llenar con cenas, compras y celebraciones. Para muchas personas, esta anticipación genera una sensación incómoda, incluso inquietante, que no siempre saben explicar. Desde la psicología, entendemos que esta reacción tiene fundamentos emocionales más profundos de lo que aparenta.

Anticipar las fiestas no es solo un hecho logístico o comercial; también implica activar, con semanas de antelación, toda una serie de emociones asociadas a esta época del año. Algunas de ellas son agradables, como la ilusión o la alegría, pero muchas otras tienen un tono más ambiguo: ansiedad, nostalgia, agotamiento, presión social. Al adelantar los preparativos y las señales externas de que "la Navidad ya está aquí", también se adelantan esos estados emocionales, sin que necesariamente estemos preparados para gestionarlos.

Además, esta anticipación puede generar una sensación de pérdida de control sobre el tiempo y el ritmo personal. El calendario emocional interno no siempre coincide con el calendario comercial o social. Que todo se acelere nos obliga a sincronizarnos con un estado de ánimo colectivo que quizás no compartimos, o que no estamos listas para experimentar. Esa desincronía puede resultar desconcertante, como si el cuerpo y la mente todavía necesitaran más tiempo para digerir el cierre del año.

El mandato de estar bien demasiado pronto

Uno de los factores que más influye en la inquietud que provoca la anticipación navideña es la presión implícita por estar bien, por mostrarse feliz y disponible emocionalmente desde semanas antes del 24 de diciembre. Este mandato se presenta de forma sutil pero persistente: en la decoración de las calles, en la publicidad, en las conversaciones sociales. Todo transmite la idea de que "toca estar bien" y que el ánimo debe estar a la altura del ambiente.

Sin embargo, la realidad emocional de muchas personas no se adapta tan fácilmente a ese calendario. Diciembre suele coincidir con momentos de cansancio acumulado, balances personales complejos, situaciones de duelo o estrés laboral. Adelantar el clima festivo puede resultar violento para quienes no se encuentran en ese estado emocional, generando culpa o sensación de desconexión con el entorno.

Esta presión por adaptarse a un ánimo colectivo impuesto también puede provocar reacciones de rechazo o irritabilidad. Es común escuchar frases como "qué pereza que ya esté todo decorado" o "ni siquiera ha llegado diciembre y ya estamos con los villancicos". Estas expresiones, lejos de ser simples quejas, reflejan un malestar legítimo: el de sentir que se impone un estado emocional uniforme, que no deja espacio a la diversidad de vivencias personales.

Activación temprana de recuerdos y emociones contradictorias

Las fiestas no solo son eventos sociales: también son momentos de alto contenido simbólico. Representan vínculos familiares, tradiciones, pérdidas, cambios vitales, y todo eso se activa emocionalmente cuando los signos festivos empiezan a aparecer. Adelantar la Navidad significa adelantar también el regreso de esas emociones, que pueden ser contradictorias o difíciles de manejar.

Desde la psicología sabemos que diciembre es una época de intensa carga emocional porque concentra rituales, expectativas y memoria afectiva. La simple visión de un adorno puede traer a la mente recuerdos de personas ausentes, momentos felices que ya no volverán o etapas de la vida que quedaron atrás. Cuando este proceso se inicia en noviembre, o incluso antes, se prolonga el tiempo de exposición emocional, sin que necesariamente aumente la capacidad de procesamiento.

Esta activación prematura puede generar una fatiga emocional anticipada. En lugar de vivir las fiestas de forma pausada, se entra en una especie de cuenta atrás donde todo se vuelve urgente: comprar, organizar, celebrar. Y con ello, se incrementa la sensación de estar desbordadas por obligaciones afectivas y sociales, sin haber tenido tiempo suficiente para prepararse internamente.

Además, no todas las personas viven estas fechas desde la ilusión. Para algunas, las fiestas son sinónimo de tensión, recuerdos dolorosos o experiencias pasadas marcadas por el conflicto. Al adelantar el ambiente festivo, también se adelanta el contacto con esos recuerdos, sin haber tenido la oportunidad de abordarlos o resignificarlos desde un lugar más seguro.

La desconexión entre el ritmo externo y el estado interno

Uno de los grandes factores de malestar cuando anticipamos las fiestas es la desconexión entre el ritmo externo y el estado emocional interno. El entorno empieza a vibrar con luces, mensajes positivos y planes sociales, pero muchas personas todavía están gestionando el estrés del día a día, cumpliendo obligaciones laborales o enfrentando retos personales que poco tienen que ver con el espíritu navideño.

Esta falta de sincronía genera una tensión emocional difícil de nombrar: sentimos que "deberíamos" estar entusiasmadas, pero no lo estamos. O que "no encajamos" en el ambiente, lo cual alimenta sentimientos de extrañeza, aislamiento o incluso tristeza. Este desajuste puede hacernos dudar de nuestra estabilidad emocional, cuando en realidad es una respuesta lógica ante un entorno que impone un ritmo emocional ajeno.

La anticipación festiva también contribuye a distorsionar la percepción del tiempo. Al adelantar los rituales, se acorta el margen de transición natural entre una etapa y otra del año. Este efecto puede intensificar el estrés de fin de año, porque da la sensación de que "ya es tarde" para todo lo que aún queda pendiente. En lugar de generar ilusión, puede acentuar la prisa, la autoexigencia y la sensación de que no llegamos a todo.

Además, cuando el ambiente festivo se alarga demasiado, también se diluye su sentido simbólico. Lo extraordinario se vuelve cotidiano, y lo que debía ser un momento especial puede terminar resultando agotador. Desde el punto de vista emocional, esto puede traducirse en una pérdida de conexión genuina con lo que se celebra, y en un aumento del malestar por no lograr sentir lo que supuestamente deberíamos.

Escuchar nuestras emociones sin anticiparnos a ellas

La inquietud que sentimos cuando las fiestas se anticipan no es un capricho ni una actitud negativa: es una señal emocional que merece ser escuchada. Nuestro cuerpo y nuestra mente necesitan tiempo para transitar los cambios, elaborar lo vivido y prepararse para lo nuevo. Adelantar artificialmente las emociones no acelera la alegría; al contrario, puede dificultar su aparición espontánea.

Desde la psicología, es importante validar esta incomodidad y comprender que cada persona tiene su propio ritmo emocional. La Navidad no debería ser una imposición, sino una experiencia que podamos vivir desde la autenticidad. Permitirnos no estar listas, no sentir lo que se espera, o incluso no celebrar, es una forma legítima de cuidarnos.

Quizás no podamos frenar el ritmo externo, pero sí podemos generar espacios internos de pausa, reflexión y escucha emocional. En lugar de forzarnos a vivir las fiestas antes de tiempo, podemos preguntarnos qué necesitamos realmente, qué queremos conservar de esas tradiciones y qué podemos dejar ir. Porque el verdadero sentido de celebrar no está en hacerlo más pronto, sino en hacerlo con más presencia y sentido.

* Ángel Rull, psicólogo.

por El Periódico